EL FRÍO

El invierno arreciaba y en el pequeño almacén escaseaba el carbón. Mara intentó convencer a Julio de la importancia de racionar el preciado combustible. Hacía dos meses que no paraba de nevar y las primeras víctimas del invierno fueron los dos potros que sirvieron de sustento para los granjeros. Lo único que diferenciaba el día de la noche era una tenue luz que se colaba por la neblina perenne apostada sobre la tierra. Julio tenía pensado utilizar las desvencijadas tablas que componían el pequeño almacén como combustible para calentar el interior de la casa. Los animales de la granja(conejos, gallinas y pavos) habían muerto congelados, así que las bajas temperaturas los conservaba hasta el momento de consumirlos. El único alimento que escaseaba era la leche, a pesar de las cinco vacas lecheras que permanecían congeladas en el establo y que esperaban su turno para ser descuartizadas. La única leche que había en toda la granja era la que brotaba de los pechos de Mara. Cada día más exhaustos tras amamantar a los tres pequeños.
Julio tenía pocas tareas para realizar y consumía las horas junto a su mujer y sus hijos. Tenían una radio, pero a las dos semanas de comenzar la gran nevada dejó de funcionar. El móvil tampoco tenía cobertura y el gasoil de la caldera de calefacción se agotó. Intentó salir al camino en busca de ayuda, pero la intensa ventisca lo tiró al suelo y volvió a duras penas al interior de la casa. Decidió que esperar a que acabara la nevada era lo más sensato.
Mara, en el poco tiempo que le dejaban los bebés, confeccionaba mantas con la piel curtida de los conejos que esperaban desnudos, colgados en fila bocabajo de una viga, el momento de ser cocinados. También se preocupaba de la olla donde fundían la nieve para conseguir agua. Julio alimentaba el fuego para que mantuviera sus dos funciones: calentar e iluminar el hogar.
Julio transportaba unas tablas para el fuego cuando divisó a través de los copos la figura de un hombre. Se acercaba lentamente debido a la dificultad de caminar sobre el espeso manto de nieve. Julio se dirigió lo más rápido que pudo al interior de la casa. “Viene alguien“, le dijo a Mara y subió a la habitación en busca de una escopeta de caza que guardaba en el armario.
Se apostó en la ventana para vigilar el camino cuando tres golpes secos sonaron en la puerta. Julio y Mara se miraron contrariados. Mara le hizo una señal con la mano para que abriera la puerta. Julio lo hizo con la escopeta colgada del hombro. El hombre que entró en el interior del hogar de Julio y Mara iba tapado completamente con prendas de piel. Empezó a desenrollar una braga de piel de ciervo con la cual se cubría el rostro y el cuello. No se deshizo de las otras prendas. Los niños empezaron a llorar. El hombre se situó en el centro de la estancia. Alrededor de sus pies se amontonaba una pequeña capa de nieve que resbalaba del abrigo de piel de oso. Julio y Mara se asustaron al ver los ojos encendidos. El único rastro de vida en el rostro del extraño. Sin mirar a la pareja empezó a hablar. “Hace más de seiscientos años que estoy muerto. Por eso estoy aquí. Cada ciento cincuenta años necesito alimentarme con la carne de un recién nacido para poder seguir vagando por el mundo. Si no lo hiciera mi único destino sería el infierno y allí ya estuve. Lo primero que me harían sería despellejarme la piel a tiras para fabricar un látigo que utilizarían sobre mi carne viva hasta que se desgastara.
He caminado más de dos mil kilómetros siguiendo el olor que desprenden vuestros bebés. Tenéis tres. No os debería importar sacrificar uno. Sobretodo, teniendo en cuenta la situación crítica en la que os encontráis. Pero no penséis que el sacrificio será en vano. Os serviré con lealtad durante ciento cincuenta años, que será el tiempo que viviréis vosotros y vuestros hijos. Os propongo cambiar la vida de uno de vuestro bebés por salvar las vuestras, además de mis servicios.”
Julio levantó el arma apuntando al extraño, pero Mara extendió el brazo y se la hizo bajar. Julio la miro extrañado y ella le hizo un gesto para que la acompañara a un rincón. El extraño seguía inmóvil en el centro de la estancia, pero en su cara apareció un leve sonrisa que provocó una pequeña obertura por la que se observaba una dentadura afilada y amarillenta. En un cajón de la cómoda, puesto al lado del fuego, dormían los tres bebés. Sólo disponían de una cuna que acabó como combustible para calentarse, así que Julio y Mara los instalaron en el único cajón que quedaba del mueble. Ninguno de los tres lloraba. Era como si estuvieran pendientes a las deliberaciones de sus padres. El fuego iluminaba el interior de la estancia creando un baile de sombras macabras. En una esquina Julio negaba y Mara asentía. En el centro el extraño permanecía inmóvil. “No puedes matar a un demonio”. Julio no entendía la decisión egoísta de Mara. “Se realista”. Julio creyó ver al extraño relamiéndose.
“Está claro que no podemos sobrevivir mucho tiempo en está nefasta situación”. Julio observaba el cajón donde los bebés estaban acostados. “Vamos a aceptar, Julio. Es la única salida que nos queda. El demonio lo devorará de todas maneras, y quien sabe si no hará lo mismo con los otros dos”. A pesar del frío intenso a Julio le recorría por la espalda una gota de sudor. Había invertido todo para instalarse en la granja y mantener una familia. Ahora su mujer le aconseja que trate con un demonio que quiere comerse a uno de sus bebés. Mara tiene las manos apoyadas en los hombros de Julio. Julio mira fijamente al suelo con la mirada perdida en sus turbios pensamientos. “Julio”, “¡Calla!”. Julio encañonó al demonio que seguía inmóvil. “Largo de mi casa”, “Julio, no”, “¿Largo de mi casa?”, repitió pausadamente el demonio. Los bebés empezaron a llorar. Tenían hambre. El demonio giró la cabeza hacia Julio que apuntaba con la escopeta. Cuando sus ojos se encontraron el demonio dibujó una sonrisa. Mara se abalanzó sobre Julio e impidió que éste disparara. El demonio se giró por completo hacia la pareja. “No importa si no aceptáis el trato. A pocos cientos de kilómetros de aquí huelo más bebés. Aún me queda tiempo antes de devorar a uno, así que si no os interesa el trato me marcho y no se hable más”. Julio bajó el arma y se mordió un brazo justo en el momento que empezaba a llorar. Mara le acariciaba la cabeza y le susurraba dulces palabras para tranquilizarlo. El llanto de los bebés hacía insoportable permanecer por más tiempo en la habitación. El demonio giró sobre sí mismo dirigiéndose hacia la puerta. Al abrirla entró una bocanada de la gélida ventisca que azotaba el exterior. Al cruzar el umbral volvió la vista atrás y observó a la pareja de granjeros. “¿Estáis seguros de vuestra decisión?”. Al observar que los granjeros permanecían en un estado impasible y no contestaron su pregunta atravesó la puerta y la cerró con cuidado. Los bebés seguían llorando y Mara corrió a atenderlos. Julio se asomó a la ventana y vio como el demonio se alejaba por el inclemente paisaje.
"Quien nos hace creer en cosas absurdas,
pronto nos hará cometer atrocidades"
Voltaire

HENRIQUE Y SIMÓN

El Sol, a pesar del invierno, calentaba a través del cristal el interior de la oficina. Los muebles habían ido envejeciendo al mismo tiempo que el alto cargo que la ocupaba: un hombre que acariciaba la rancia entrada en la vejez. Tras el escritorio que presidía la estancia había una recia estantería de madera que albergaba una poblada y variada biblioteca. La mayoría de los libros estaban editados en su lengua. Muchos traducidos del inglés, dada la escasez de autores autóctonos y en un estante guardaba como reliquia varios ejemplares en castellano. Un recuerdo nostálgico de sus años de estudiante en la universidad de Salamanca. Pero la mayoría de aquella colección de libros pertenecía al género religioso que era la base de su educación y formación.
Aquella mañana Henrique tenía que solucionar un problema que repercutía a la seguridad nacional. A punto de jubilarse odiaba tener que enfrentarse ante importantes responsabilidades. Soñaba con retirarse a su casa de campo y apoderarse del tiempo libre para escribir sus memorias. Aunque el inminente suceso que se aproximaba y del cual conocía su futuro desenlace no le dejaba dormir tranquilo desde hacía unos días.
Se sentó en el escritorio y sacó una botella de coñac. Sirvió una copa y encendió un cigarrillo. Decidió llamar a Simón.
--Buenos días, ¿Quién es?—contestó Simón que estaba amodorrado en su despacho viendo un episodio de un culebrón de producción nacional.
--Hola, Simón. Soy yo, Henrique. Seré breve.
--Dime, Henrique—dijo Simón mientras bajaba el volumen del televisor.
--El ataque será el día veinticinco. Navidad.
Simón hincó los codos en la mesa y con una mano aguantaba el teléfono. La otra se la pasó por la cabeza de adelante hacia atrás. Su mirada se fijo en la pulida tabla de la mesa. Esperó inmóvil a digerir la información. En unos segundos contestó.
--Pero… ¿lo habéis pensado bien?
--Es la mejor fecha, Simón. Toda Europa estará pendiente de celebrar sus fiestas y cuando tengan noticias de los ataques la opinión pública será mínima.
--Bien pensado, bien pensado. ¿Y qué pasa con los Estados Unidos?
--Todavía están pendientes de tener un gobierno definido y qué crees que va a decir Bush.
--Bueno, veo que lo tienes todo contralado. Siendo así te doy vía libre. Por cierto, ¿viajaras a España para celebrar el fin de año cristiano?
--No, Simón. Prefiero estar al cargo de la operación hasta el final.
--¿Hasta el exterminio?
--Si es preciso, hasta el exterminio.

j.l.e.

DESCANSO

Lo único que me incomoda es el exceso de humedad. Por lo demás, me encuentro a gusto. Por fin he conseguido la paz y la tranquilidad anheladas tantas veces. El albañil hizo un buen trabajo y apenas noto la corriente de aire que tantos problemas de salud me ha provocado. Igual que el polvo. Aunque en los últimos tiempos se acumula por los rincones como las monedas de un avaro.
En el exterior sigue lloviendo. Mi olfato siempre ha sido sensible al aroma que desprende una gota de agua al chocar con la tierra. La explosión que genera y divide en cientos de partículas diminutas rebosantes de fragancia. Intento mover la cabeza en el sentido de la lluvia, pero no puedo.
Quizás pueda ver algún día al gato pardo que deambula las noches de luna llena cerca de mí. El albañil rejuntó demasiado bien la masa y ni un poro florece para poder observar el exterior. Si pudiera mover las manos escarbaría un orificio. Llevo intentándolo varios años; al poco de mi llegada. No puedo. Mis intenciones siempre se frustran. Anhelos de un tiempo pasado, de paseos por la montaña y de rutina desbordante. A veces tanta soledad me pone melancólico. Quizás por la vieja costumbre de estar siempre bien arropado, no es que esté desnudo ya que, sin esperarlo, dispongo de las veinticuatro horas que dura el día para divagar y reflexionar sobre mi finada vida.
Me gustaría poder mover el pie para dispersar el polvo que se acumula en el rincón. El recipiente en el que me depositaron carecía de la calidad duradera que tanto defendió su vendedor.
Me encuentro bien, salvo por la humedad. Y los gusanos. Tardó tiempo en aparecer el primero, pero una explosión de larvas hambrientas poblaron mi desahuciado cuerpo inerme. Los huelo y los siento moverse, sin embargo, al carecer del sentido de la visión, no consigo imaginar el ser decrépito en el que me estoy convirtiendo.
No me puedo quejar de mis vecinos, porque cuando sus almas reflexionan no producen sonidos. Ni molestos, ni de ningún tipo. Alguna ventaja debía tener estar muerto y enterrado.

3 EN 1

CUENTO INFANTIL
Había una vez un hombre que cada vez que se aburría se sentaba en una piedra a observar a los insectos. Como cada vez se aburría más, pasaba mucho tiempo sentado en la piedra. Las hormigas ya se habían acostumbrado a su presencia. Las avispas le habían picado un par de veces, pero como el hombre no se inmutaba, desistieron. Pasaron unos días que el hombre estuvo entretenido en el pueblo y no visitó la piedra. Pero tardó poco en alcanzarle el aburrimiento, y volvió a sentarse a observar a los insectos. Las hormigas trazaron su recorrido unos metros más alejadas del hombre. Y las avispas volvieron a la carga doblando la ración de picotazos. El hombre despertó de su ensimismamiento a causa del dolor que le provocaron los aguijones. Pero pronto volvió a quedarse absorto al ver a dos mariquitas que trepaban por una rama. Al regresar al pueblo volvió a encontrar diversión durante unos días. Al volver a sentarse en la piedra las hormigas se habían alejado más y las avispas lanzaron un ataque más voraz. De repente de entre las hierbas apareció un escarabajo rinoceronte. Se dirigía directo hacia el hombre. Hola, le dijo. El hombre no podía creer lo que estaba viendo. ¿Qué pasa, no me escuchas? Sí , la verdad es que te escucho. El escarabajo rinoceronte le explico que era el único que sentaba en la piedra y no les hacía daño. ¿Y quien os hace daño?, preguntó el hombre. El pájaro y la serpiente, contestó el escarabajo. Entonces el hombre decidió no volver a levantarse de la piedra para proteger a los insectos y al cabo de unos años se convirtió en una estatua de piedra. Si se busca bien, en el parque, la podemos encontrar.

TEXTO FILOSÓFICO
El hombre encontró una piedra donde sentarse. Un escarabajo rinoceronte fue a su encuentro.
-Hombre, ¿por qué vienes a sentarte a esta piedra?
-Porque me siento cómodo.
-¿Y por qué nos observas con tanta vehemencia?
-Porque de la tierra de dónde vengo, nada es tan hermoso y práctico como vuestro mundo.
-Debes saber que cuando tú no ocupas la piedra lo hace la serpiente y el pájaro; sólo quieren alimentarse a costa de nosotros.
-Pues permaneceré sentado para que no se cometa tal injusticia. Aunque me lleve toda la eternidad.
-Gracias.-contestó el escarabajo rinoceronte.
La serpiente y el pájaro escucharon la conversación escondidos tras unas ramas. Al acabar ésta, se miraron fijamente. La serpiente enrolló con su cuerpo al pájaro hasta asfixiarlo y se lo comió. Dejando claro que: siempre el bienestar de unos perjudica a otros.

TEXTO LÍRICO
La luminosidad y la calidez de aquella primaveral jornada, incitaron a orearse al hombre. El itinerario le permitía aposentarse en una placentera roca. En ella reposaba su fatigada figura y se regocijaba con la animación que los insectos le procuraban. De repente, de entre unas plantas de romero, surgió un magnífico escarabajo rinoceronte. Su aspecto era majestuoso; un cuerno doblado hacia atrás e implantado en la cabeza; un escudo cervical presentando entalladuras profundas y también elevaciones. Pero lo más precioso residía en su gozosa sonrisa. El hombre, al prendarse de la armonía que estribaba en su semblante, se quedó de piedra. Además, de verdad.

FIN DE SERVICIO

Es de noche. Una noche clara y despejada, pero la luz artificial no deja divisar las estrellas. El último servicio; después a casa a descansar. Dormir de día. Desayunar por la tarde. Trabajar por la noche. Tiene que llevar a los obreros del turno de mañana a la fábrica. El autobús es un viejo. Un cascarón herrumbroso al que le quedan contados viajes. La máquina de café es su eterna compañera. Busca monedas en el bolsillo. Esta noche ya es el cuarto. No ha caído la cucharilla y lo menea para disolver el azúcar sin que se desborde. Las llaves están colgadas en fila esperando su turno. El llavero del autobús es un raído trozo de madera en el que algún día estuvo inscrita el número de la matrícula, ahora indescifrable.
Todo está conjuntado; el conductor que le queda un último servicio para jubilarse y el autobús que tiene dos, de sus cuatro ruedas, en el desguace. Unos compañeros se acercan a saludar. Bromean, como siempre. Se dirige a la oficina a hablar con el encargado de organización de rutas. Sale, pero en vez de dirigirse al autobús vuelve a la cafetera. Hay tres personas más, todos conductores, y comienzan a hablar.
El encargado de organización de rutas sale despavorido de su oficina y entra a toda prisa en el despacho del encargado general. Desde la cafetera los conductores observan la curiosa escena y ríen.
El encargado general es el hijo del fundador de la compañía de autobuses. Es una persona recta que dirige con mano firme su negocio. A sus treinta y un años se ha convertido en un receloso empresario. El encargado de organización de rutas es veinte años mayor que él y le tiene un respeto que más bien podría ser clasificado como temor.
Temor que se acentúa cuando expone que el viejo autobús que debe llevar a los obreros del turno de mañana a la fábrica no va a poder realizar el servicio. El encargado general monta en cólera. En vez de buscar una solución empieza a despotricar contra el encargado de organización de rutas, el desvencijado autobús y el conductor que lleva al servicio de la empresa más de cuarenta años.
Por fin el encargado general se calma y el color de su rostro vuelve a ser humano. Se pasa las manos por la cabeza varias veces y acaba por tranquilizarse. El encargado de organización de rutas lo mira perplejo.
-Señor, el autobús sólo necesita repostar un poco de gasoil.

EL BUEN INFIEL

Es incómodo llegar a la ciudad. En cambio el viaje no tanto. El tren se va acercando al andén número tres. Allí veo al marido de mi madre. Con su sonrisa y su flamante mostacho.
El tren para. El pánico se apodera de mí. Los escalones para apearse del vagón están mojados y una vez soñé que resbalaba al bajar y caía entre las vías. Desde aquel sueño, siempre he andado con cuidado.
El marido de mi madre no es mi padre y se llama Ceferino. Pero todos los que le tienen confianza le llaman Cefe. Yo intenté ser más original. Empecé a dirigirme a él llamándolo Rino y me dijo, eso sí, de manera muy educada, que se llamaba Ceferino, no Ceferrino. Cuando nos abandonó mi padre nos quedamos los tres muy apenados, pero Cefe no tardó más que tres semanas en casarse con mi madre. Digo los tres muy apenados, porque antes de la separación de mis padres vivíamos los cuatro en la misma casa. Papá, mamá, yo y Ceferino el realquilado. Él no fue el primero en beneficiarse del buen trato que daba mi madre a los realquilados, pero sí la gota que desbordó el vaso de la paciencia de mi padre que un buen día desapareció, dejando una nota en la que explicaba que era lo mejor, que de seguir así, alguien iba a sufrir un accidente. Yo la verdad es que no lo eché mucho de menos. Cuando nos abandonó tenía dieciséis años recién cumplidos, y a esa edad un padre ya comienza a molestar. Desde los catorce lo único que le preocupaba era mi colocación en la fábrica de alcohol, para poder disponer de los miserables ingresos que yo tenía que ganar. Mi trabajo se traducía en el mantenimiento de sus cigarrillos y copichuelas consumidas en la taberna que había al lado de la fábrica.

Cuando bajo del tren voy en busca de Cefe. Lo encuentro mirando en dirección contraria. Busca dos vagones más atrás del mío. Consigo llegar hasta él a través del flujo de viajeros que corretean por el andén. Ya lo tengo a escasos metros. Cefe les saca un palmo a los demás debido a su altura. Todos los que lo conocen siempre comparan su tamaño con su gran corazón; “todo lo que tiene de grande lo tiene de bueno”. Mi madre cundo lo conoció, no paró de hablar bien de él a la mínima oportunidad; en la panadería, en la carnicería y en cualquier sitio dónde se pudieran reunir más de cuatro mujeres. En cambio a mi padre sólo le preocupaba recaudar la mitad de la paga del alquiler y una vez la tenía en el bolsillo, salir corriendo a la taberna.

Ya casi puedo alcanzarlo con la mano, cuando un grupo de turistas italianos pasa por mi lado como una tromba. Me arrollan de tal manera que la carpeta de los bocetos cae y parte del andén se ve cubierta de mis dibujos. Una turista, joven, morena y con todos los rasgos físicos típicos de Italia, se ofrece a ayudarme, pero viendo la gran cantidad de material desparramado por el suelo, se disculpa y sigue al resto del grupo que ni se inmuta tras el percance que han provocado. Cefe tampoco se gira. Sigue buscando con la mirada sin darse cuenta que estoy detrás de él recogiendo los dibujos que he realizado los últimos tres meses. Le llamo, pero justo cuando pronuncio su nombre, un sonido estridente estalla por los altavoces de megafonía de la estación. Todo el mundo se tapa los oídos apretando las manos contra las orejas, incluido Cefe.

Después de la evaporación de mi padre empecé a mostrarme más por casa. No sólo acudía a las horas de comer y cenar. Empecé a disfrutar de la presencia de Cefe. Cuando acababa mi monótona jornada en la fábrica, y él se encontraba en su sofá sin ninguna ocupación, siempre me contaba anécdotas. A veces se trataba de historias divertidas. Entonces él le daba un toque cómico que me hacía morir de risa. Lo mismo ocurría cuando contaba historias de misterio. Su tono de voz le daba un aspecto terrorífico y misterioso. Pero me gustaba y siempre quería que no terminase nunca la sesión. Era como tener a un locutor de novelas radiofónicas en casa. A veces me lo imaginaba haciendo una pausa para anunciar un refresco o algún jabón milagroso. Poco a poco nos fuimos cogiendo cariño y eso a mi madre la llenaba de satisfacción. Pasaron tres semanas desde la huída de mi padre y como si fuera un tiempo estipulado por alguna ley no escrita, se casaron. Yo fui el padrino de bodas de mi madre. Ella lloraba de emoción por ir cogida de mi brazo, pero yo intuía que su entusiasmo se debía porque a partir de aquel momento podría disfrutar cada noche, en su cama, de un hombre como Cefe. Fue el comienzo de unos años muy felices que todavía seguimos disfrutando.
Al poco de ejercer como nuevo padre para mí, se preocupó de buscar la manera de sacarme de la fábrica. Nadie podía obligarme a trabajar y en cualquier momento podía pedir la cuenta y largarme. Pero Cefe buscó la manera menos dramática y no cerrar una puerta que, quizás, en un futuro pudiera ser necesaria abrir. Como yo tenía una edad estirada para empezar el bachillerato en el instituto del pueblo, me convenció para matricularme en la Escuela de Arte y Oficios, de la ciudad. Yo accedí porque estaba amargado con el trabajo de la fábrica de alcohol y porque me lo planteó Cefe. La verdad es que fue un acierto, ya que ahora soy un diseñador gráfico reconocido y he creado mi propia agencia de publicidad.

Cuando por fin he recogido todos los bocetos y los he metido como he podido en la carpeta, Cefe arranca a paso ligero hacia el último vagón. Lo sigo. Lo hago en silencio. Cada tres pasos que doy, es uno del magnífico Cefe. Entre el peso de la maleta, la enorme carpeta de los bocetos y el pánico a resbalar por el andén, no consigo darle alcance. Esbozo unos inaudibles aullidos mencionando su nombre, pero lo hago con un volumen tan bajo que se confunde con la algarabía que discurre por el andén. Esta situación me recuerda al día que le pegaron una paliza a mi padre.

Estábamos de fiesta mayor. En pleno agosto y sólo podíamos salir a la calle al atardecer. Al esconderse el sol la temperatura se relajaba un poco y nos daba un respiro. Por entonces sólo había una piscina en el pueblo y era la del dueño de la fábrica. Pero al ahogarse su única hija, dejó de mantenerla limpia y era un nido de insectos y reptiles. La taberna también era un buen refugio para escaparse del calor agobiante. En tiempos de fiesta mayor regresaban al pueblo las gentes que habían emigrado a otros lugares en busca de prosperidad. Eso significaba ingresos extras en los negocios decadentes del pueblo. Y donde más movimiento había era en la taberna. Allí se juntaban los paisanos que habían hecho un poco de fortuna fuera, y los parroquianos permanentes. Los emigrados para demostrar que habían triunfado pagaban las rondas. Toleraban la falsa deferencia de los no emigrados ante las anécdotas que les explicaban, ya que el único interés era por las copas pagadas. Y mi padre se había convertido en un concurrente, casi profesional. Hasta que un día puso la mano dónde no debía.
Fernando de la Paula marchó el primer año que tuvo la oportunidad a vendimiar a Francia. Era un hombre esbelto, como Cefe, y ya no volvió. Nada más como turista. La hija del francés, dueño de la viña, se enamoró de él. El francés tuvo que ceder porque la hija amenazó con suicidarse, pero cuentan por Francia que, en realidad, Fernando de la Paula encandiló al francés que, en el fondo, estaba orgulloso de tener un yerno tan trabajador y honrado. Un día que estaba en la taberna, no se le ocurrió otra cosa, a mi padre, que tocarle el culo a la francesa. Fernando de la Paula y otros tres mozos que le tenían ganas, lo sacaron de la taberna y le dieron una paliza, eso sí, según la opinión de la mayoría del pueblo, desproporcionada. Yo me dirigía, tan feliz, a ver los fuegos artificiales y me encontré con tremendo panorama. Salí corriendo a buscar al aguacil. Aunque mi padre no despertara ningún afecto en mí, tampoco quería que le hicieran daño. El aguacil estaba entre el gentío que aplaudía cada vez que un cohete explotaba produciendo cientos de luces de colores y un gran estruendo. De repente empezó a explosionar la traca final. La gente, extasiada, miraba al cielo. Yo gritaba, pero el aguacil no me oía. Estaba absorto, como los demás, en el espectáculo pirotécnico. Mientras yo lanzaba gritos enmudecidos por el sonido de la pólvora, mi padre iba recibiendo golpes de manera brutal por el de la Paula y compañía.

Así me siento llamando a Cefe. Unos gritos inútiles. Tan sólo lo tengo a unos pocos metros. Pero sigue, sin parar, hacia el último vagón. Veo que levanta la mano y saluda a alguien que hay en el interior. Extrañado, ahora me coloco detrás de él, intentando que no me vea. Algo chocante ocurre con Cefe; el hombre que curó las heridas del marido de su amante después de sufrir una brutal paliza. Que se hizo cargo de la educación de su hijo y que volvió loca, en la cama, a una mujer desahuciada. No puedo imaginar qué clase de misterio envuelve a tan noble personaje. Apostado tras uno de los pilares que aguanta la cubierta del andén, observo, como un furtivo, a quién recibe con tanto afecto. La mente me funciona a cien por hora elaborando hipótesis. Incluso llego a pensar que seré yo el que baje del tren, como si me hubiera trasladado a otra dimensión. Me doy cuenta de que leo demasiado. Ahí está Cefe, con los brazos abiertos, dispuestos a estrechar a alguien. De los viajeros que se están apeando destaca una hermosa mujer con la piel del color del ébano y de unas proporciones simétricamente proporcionales. Es la mujer más bella que nunca he visto y va a parar a los brazos de Cefe que la besa con pasión. Están abrazados. Ella ha dejado caer la maleta al suelo, olvidándose de ella. Se besan. Paran y se hablan entre sonrisas. Yo me escondo por completo. Deseo ser invisible. Cefe ha hecho mucho por mí y no quiero que sepa que lo he visto. Los observo y me tranquilizo porque se alejan. Van a la parada de los taxis. Cuando han desaparecido de la estación respiro hondo. Necesito un trago para tranquilizarme. Ha sido un golpe muy duro; jamás hubiera imaginado una infidelidad tan flagrante por parte de Cefe. Pobre mamá. A saber cuántas veces la ha engañado. Estoy dudando en decírselo. Sería una injusticia hacerle esa jugada a Cefe después de todo lo que ha hecho por nosotros. Pero no soporto que nadie le haga daño a mi madre. Para mí es lo más sagrado. Apuro el coñac y dejo un par de euros en la barra. El camarero me agradece la propina. Me siento en un banco. No acabo de digerir el golpe. Han pasado dos horas desde que descubrí a Cefe con aquella desconocida. Lo tengo claro. Me levanto con decisión. Busco un teléfono y llamo a mi madre. Me contesta un hombre jadeante. Creo que me he equivocado. No digo nada. En unos segundos mi madre coge el teléfono. Reconozco su voz. Escucho al hombre riendo. Sigo en silencio y cuelgo.
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