LA PLAYA


El invierno regaló un día de calma tras varias semanas de temporal. Gabriel estaba obligado a aprovecharlo. Dejó aparte el chubasquero y las botas de agua, cambiándolos por una chaqueta de paseo y unas zapatillas deportivas. La playa estaba a cuatro kilómetros en línea recta. A veces bajaba hasta ella andando por un sendero o en bicicleta por la carretera, pero aquella mañana no se fiaba del tiempo y lo hizo en coche. Un destartalado Seat Panda de color amarillo. Cuando llegó a la finca no tuvo que parar ante la cerca. Estaba levantada. Aparcó y entró en el almacén repleto de herramientas oxidadas y máquinas averiadas. Todo estaba amontonado entre polvo y telarañas. En uno de los postes de carga estaba clavado un plato con la foto a todo color de John Wayne que sonreía con aquella pose tan peculiar. Entre tanto trasto sólo quedaba hueco para aparcar el coche. En la parte más amplia del almacén se amontonaban, de manera uniforme, unas jaulas para conejos vacías. Hacía años que la herrumbre se cebaba con ellas.



Salió al exterior. Un camino calvo de hierbas atravesaba el naranjal. Todas sus frutas estaban en el suelo esperando a que la tierra se nutriera con ellas. Nadie cuidaba de los naranjos y nadie disfrutaba de sus frutos. El viento de poniente había soplado de manera desbocada días atrás. Las cañas jóvenes no habían resistido la embestida y se entrelazaron entre ellas creando unos escondrijos naturales con forma de cueva. El mar había amontonado la arena horizontalmente y los tubos de hormigón que hacían la función de papelera estaban cubiertos hasta el borde. Duchas, casetas de socorrismo, chiringuitos abandonados permanecían en desnivel o semienterrados. La orilla estaba cubierta con un manto de piedras redondeadas entrechocando mecidas por las olas. La humedad apelmazaba la arena y conseguía una firme capa lisa; frágil a las pisadas y delatora de cualquier huella. Un rastro más fino de piedras marcaba la línea hasta donde habían llegado las olas en el punto álgido del temporal.



Aquella mañana el mar estaba tranquilo. Parecía cansado. Sus olas se adentraban tímidas en la arena y casi parecía dolerle. Era el día perfecto para buscar en la orilla lo que el mar llevaba días expulsando con violencia. Gabriel era la única persona deambulando por la playa. Le llamó la atención un trozo de ladrillo erosionado. Gabriel lo tomó con una mano y observó la transformación causada por las potentes corrientes marinas. Imaginó aquel ladrillo formando parte de una pared. Su pensamiento fue tan lejos que imaginó el ladrillo en la mano cuarteada del albañil que lo colocó, o quizás sólo fuera una parte de escombro lanzado al mar. Al final lo dejó caer en la arena tan húmeda que lo amortiguó sin que dejara huella.



Avanzaba despacio por la orilla, atento, por si descubría algo interesante. Sus pies se hundían y se cansaba. Levantó un momento la vista y vio a dos personas a lo lejos que se dirigían hacia él. Miró hacia el mar y vio una barca que recogía las redes a menos de doscientos metros de la orilla. Pudo observar a tres personas enfrascadas en la labor. El sol brillaba como una luz mate tras las grises nubes. En cualquier momento llovería. Gabriel perfiló la vista y reconoció que las personas que se acercaban eran un hombre y una mujer. Calculó que ambos pasarían de los setenta. Se agachó para recoger una pechina. Sólo recogía las enteras. El color no le importaba, pero sí que no tuvieran ni la más mínima muesca. Incluso cuando las transportaba en la bolsa de plástico tenía cuidado de que no se golpearan entre ellas. También recogía las caracolas. Para estas era menos riguroso y, a no ser que estuvieran muy desgastadas, las recogía todas. En aquella parte del Mediterráneo era muy difícil encontrar un buen trofeo en la arena, pero después de un temporal siempre se puede topar con alguna sorpresa. Gabriel seguía dispuesto a hallarla.



Una suave brisa soplaba arrastrando la humedad hacia la tierra. Gabriel levantó de nuevo la vista y se tranquilizó al observar que los ancianos no buscaban nada en la orilla. Algo extraño notó en la mujer. Ya no le parecía tan mayor. Bajó de nuevo la vista y allí estaba: una inmaculada pelota de golf. La tomó con el pulgar y el índice de su mano derecha y la puso frente a sus ojos. Era impresionante la cantidad de hoyuelos que tenía y todos de la misma dimensión. Gabriel imaginó un pasado factible para aquella bola y continuó la búsqueda portándola en la mano. Confiaba en su suerte para encontrar la gran caracola. Una vez descubierta la limpiaría bien y bajaría a las tiendas de souvenires del puerto para acabar vendiéndola al mejor postor. Después los frutos de un día gris de invierno se los bebería en la taberna al calor de los compadres.



La pareja cada vez estaba más próxima y Gabriel levantaba a menudo la cabeza. Lo que antes le parecía una anciana ahora se había convertido en una hermosa mujer. El anciano la llevaba del brazo. En otras condiciones con un simple buenos días habría valido para no quedar como un maleducado. Pero el esplendor de la mujer causaba en Gabriel una especie de rubor y a punto estuvo de quedarse callado con la mirada fija en la arena de no ser por el anciano que le dirigió un cordial saludo.



-Buenos días.-Gabriel alzó la cabeza e instintivamente se llevó la mano con la bolsa de las pechinas a la espalda. Contestó con un gesto sin abrir la boca. El anciano continuó.-Parece que tras el temporal viene la calma.



-Eso dicen, pero no se pude confiar en este tiempo tan traidor.-Contestó Gabriel.



La mujer seguía la banal conversación con una sonrisa en los labios y no pronunció ninguna palabra.



-¿Cree usted que lloverá?-El anciano era extranjero y para parecer amable quería dar importancia a la opinión de Gabriel. La mujer lo miraba con la misma expresión sonriente y plácida.



-A la noche se lo digo.-Gabriel se rió de su propia broma. El anciano sonrió, aunque sólo por condescendencia, y la mujer no desdibujo aquella bella mueca.



-Adiós.



-Adiós.



Y cada cual siguió su camino. A los pocos metros Gabriel se dio cuenta que en la arena sólo estaban marcadas las huellas del anciano. Se giró y miró a la pareja extrañado.



-¡Eh!



El anciano y la mujer se giraron. Ella parecía un poco más mayor.



-¿Qué pasa, buen hombre?-Preguntó extrañado el anciano.



-Su mujer no deja huella.-Afirmó Gabriel.



-Es porque está muerta. Es un fantasma.-Aclaró con total naturalidad el anciano. La mujer miró a Gabriel con su cara risueña y ladeo un poco la cabeza. Gabriel se quedó pasmado mientras el anciano se despedía meciendo la mano. La pareja reanudó el paseo por la playa. Gabriel se fijó en que la mujer seguía sin dejar huella en la lisa arena apelmazada por la humedad. Cada vez parecía más vieja. Un pato volaba a ras del mar en dirección al sur. Gabriel no daba crédito a lo sucedido, pero en la arena sólo estaban marcadas las pisadas del viejo. Cuando se dio cuenta tenía justo a sus pies una preciosa caracola. Tenía el tamaño de un melón y relucía bañada por las espumeantes olas. Gabriel dejó caer la pelota de golf y desenterró la caracola. La elevó a la altura de sus ojos y sonrió. Lo único que le preocupaba es que en la taberna nadie creería la historia del anciano y el fantasma.



EL HOMENAJE



El sol penetraba a través de las cortinas. Arsenio había pasado la noche en vela envuelto en sus recuerdos, pero al amanecer quedó sumido en un confortable sueño. Cuando su nieta abrió la puerta se despertó.


-Abuelo el desayuno está en la mesa.


-Ahora mismo voy.- Se vistió con una bata para cubrir el pijama. Bajó por la espléndida escalera y se introdujo en su despacho donde le esperaba una bandeja con un zumo de naranja, un café con leche y un croissant.


-Por lo menos te podías haber peinado, abuelo.


-Ay, Rosita, ¿te parece poco lo que me tengo que acicalar esta noche? Déjame que disfrute un poco del descuido.


-Cómo no, abuelo.






Amador entró en la cafetería y pidió un cortado. Cogió el periódico de una mesa que aún conservaba dos tazas de café vacías. Antes de empezar a leerlo sacó unas monedas del bolsillo y las contó hasta completar el euro. El camarero le cobró sonriente. Amador tenía el cortado en la mano dispuesto a tomar un sorbo. Con la otra iba pasando las páginas. Entonces leyó la noticia. El vaso cayó. Se quebró en mil pedazos y su contenido formó una huella uniforme en el suelo encerado.


Los años habían contraído su cuerpo y mermado la vista. Tras aquellas gruesas lentes los ojos de Amador despedían una ira que contrastaba con su apacible apariencia. Los ancianos al igual que los obesos desprenden una bonhomía que a veces es errónea. El camarero se dirigió hacia él. Posó una mano en el hombro de Amador y con afecto le dijo que no se preocupara. Amador se sacudió la mano de la espalda y con semblante amenazante miró fijamente al camarero.


-¡Déjeme en paz!


Amador salió a la calle aturdido sin saber muy bien a dónde dirigirse. La primavera ya se había instalado y el sol invitaba al optimismo. Descendió por una concurrida avenida sin desviarse ni un ápice de su camino. La gente se apartaba dejando paso amablemente al anciano. Notaba que la espalda le sudaba. Se adentró en el parque. Buscó un banco y se sentó. La cabeza le bullía y por un momento temió sufrir un ataque. Un riachuelo de gente circulaba por el paseo al regazo de la sombra de los plataneros. Aunque el día era soleado y el verano cada vez estaba más cerca, a la sombra hacía fresco. Amador continuó el camino.






Arsenio miraba a través de la ventana como el jardinero realizaba su tarea. Se relajaba. Se dirigió hacia el escritorio y abrió un cajón. Debajo de unos papeles apareció una vieja pistola. Su pistola. La que había sido fiel compañera durante tantos años. Se sentó en su sillón a observarla. Estaba impoluta. Tampoco recordó la última vez que la disparó, aunque sí le vino a la memoria un nombre. Un peso se le instaló en el pecho. Todavía despeinado y con bata dejó caer los brazos abatidos, empuñando aún el arma en la mano derecha. Cerró los ojos y recordó aquellos episodios de su vida que, a pesar de los años, seguían martirizándolo.


-Abuelo, ¿estás dormido?-Arsenio incorporó la vista y reconoció la silueta de su nieta. Rosa, aunque ya era una mujer adulta, para él siempre sería Rosita.


-Pasa, Rosita, pasa.


-¿Eso que llevas en la mano es un arma?- El anciano levantó la mano y miró extrañado la pistola. Hubo unos instantes en los que no supo que hacía allí. De repente recordó. Una sombra de acritud tiñó la dulce mirada que siempre tenía para su nieta. Intentó controlar la amargura que lo poseía antes de expresar cualquier palabra. Cuando creyó que estaba preparado se levantó del sillón y estudiando la pistola obsequió con una afable sonrisa a Rosa.


-Esto no es sólo un arma.-Rosa se acercó y tomó con sus manos la de su abuelo junto a la pistola. Hubo un silencio, pero la nieta entendió que aquel objeto tenía un valor sentimental superior al que se le pueda tener a cualquier allegado.- Esta pistola, Rosita fue mi compañera y ángel de la guarda durante la guerra. Es una pieza un poco exótica porque la utilizaba generalmente el otro bando y algún que otro malentendido me provocó.


-¿Mataste, abuelo?


-No tanto como dicen.


-Es preciosa.- Rosa extendió la mano y el abuelo se la entregó. Jugueteó un poco y acabó apuntando a Arsenio. El anciano sonrió.


-Cuidado. Está cargada.


-¿Está cargada?-Rosa bajó inmediatamente el brazo.


-Por supuesto, ¿de qué sirve un arma descargada?






Sin darse cuenta, Amador, cambio de paisaje. Se introdujo por las callejuelas del barrio antiguo. Allí el espacio abierto se reducía a los tres metros que dividían las calles. Las fincas tenían hasta cinco plantas de altura. Eso hacía que para el sol fuera imposible penetrar hasta la sucia superficie de asfalto, cubierto de regueros infectos. Las fachadas de los bajos e incluso las puertas atrancadas estaban grafiteadas. Algunos eran de las jóvenes bandas callejeras florecientes, pero otros eran auténticas obras de arte. En una esquina había una barbería. El tubo redondo adornado de las tiras de color azul y rojo estaba cubierto de una mugre, casi tan antigua como la barbería. Amador se introdujo en ella.


-¡Hombre, Amador!


-Buenas, Jacinto.


Jacinto parecía aún más mayor que Amador. Vestía con la bata blanca de peluquero. La artrosis había hecho mella en su mano derecha deformada de tanto utilizar las tijeras. Pero el rasgo más característico era su prominente nariz en forma de pico de tucán. Los dos ancianos se abrazaron.


-Cuánto tiempo, maricón.


-Ya te digo. Pensaba que te habías jubilado.


-Y lo estoy, pero con la pensión no tengo ni para jabón.


-A mí me pasa lo mismo.


-Pues, si quieres, necesito un ayudante para barrer el pelo.


Los dos empezaron a reír. Jacinto se dirigió a la trastienda y apareció con una botella de coñac y dos copas.


-¿Lees la prensa, Jacinto?


-De vez en cuando. Aquí siempre tengo revistas y periódicos, pero casi nunca los leo.


-Es que verás. Me estaba tomando un cortado en la Gran Avenida…


-¡La Gran Avenida! Vaya por los ambientes que te mueves, pájaro.-interrumpió Jacinto.


-Bueno, no va a ser todo canas y retiro.


-Por supuesto, Amador.


-Total que tuve un pequeño incidente en la cafetería. ¿Todavía trabaja tu hijo en la Delegación?


-Sí. No hay manera de que ascienda.


-Tendrías que hacerme un favor, Jacinto.


-Cómo no. Sabes que soy la única persona en la que puedes confiar.


Los dos ancianos entrechocaron las manos y se abrazaron afectuosamente.


-Vete tranquilo, Amador. Todo estará listo para esta noche.


-Gracias, Jacinto.


Amador abandonó la barbería. Mientras tanto Jacinto abrió el periódico que tenía para los clientes y busco la noticia. Allí estaba. Se dirigió a la mesa del teléfono. Descolgó y marcó un número.






Arsenio removía la cuchilla en el agua enjabonada. Después volvía a rasurar su rostro. A pesar de su edad poseía la destreza suficiente para afeitarse. Miró fijamente al espejo. Vio un anciano consumido. La camiseta de imperio y los calzones holgados aún agravaban más la sensación. A través del escote de la camiseta asomaba tímidamente una mata de pelo canoso. Vestigio de lo que fue antes su masculinidad. Empuñó con energía la cuchilla de afeitar y la posó sobre la muñeca. Sintió el frío metal sobre su marchita piel. Este gesto aún desplomó más su ánimo. Cuando salió del baño se encontró con Rosa. Ésta le mostró el uniforme. Todavía estaba en la bolsa de la tintorería. Rosa lo sujetaba por la percha. Arsenio tuvo que volver a hacer malabarismos con su estado de ánimo para no entristecer a su sobrina.


-Vamos, abuelo. Ponte el uniforme que hace años que no te veo con él.


Arsenio le dedicó una sonrisa muy afectuosa, dulce. Falsa en realidad. Tomó el uniforme y lo observó. Lo mantuvo expuesto sobre sus manos. Esta vez si brotó en su interior una brizna de ternura en memoria de aquellos tiempos pasados. Fue pasajera aquella sensación. El pesar que disimulaba ante su nieta volvió a resurgir oprimiéndole el pecho.


Rosa lo condujo ante el espejo de pie. Arsenio se contempló majestuoso con su uniforme de general. Rosa lo abrazó por detrás y lo besó en la mejilla.


-Mi abuelo bonito.


Una lágrima prófuga recorrió como un relámpago la mejilla de Arsenio.


-Vamos. El coche está esperando abajo, ¿no querrás llegar tarde a tu homenaje, verdad abuelo?


-No, no. Vamos.


Estaban a punto de abrir la puerta del palacete cuando Arsenio paró su marcha en seco.


-Espera un momento.


-¿Qué pasa, abuelo?


Arsenio volvió a subir las escaleras. Rosa lo seguía atentamente. Entró en su despacho y abrió el cajón donde guardaba el arma. Después se dirigió al ropero de su estancia y rebuscó entre unas cajas. Al fin la encontró. Una mohosa cartuchera de piel. Se la iba colocar cuando Rosa se la retiró.


-Espera un momento.


Rosa se introdujo en el cuarto de baño. Humedeció un paño e intentó dejar lustroso el cuero de la cartuchera. Cuando hubo terminado se la entregó a Arsenio.


-No pretenderás que acuda a mi homenaje sin mi arma.


-Pensaba que no era necesaria, abuelo.


-Lo es, Rosita, lo es.


En el exterior esperaba un coche oficial. Subieron en él y se dirigieron a la Delegación.






Amador gastó el dinero en un taxi. La ocasión lo merecía. Llevaba puesto el único traje que poseía; algo raído; hacía juego con él. Cuando llegaron a la Delegación le pidió al taxista que lo dejara en la parte de atrás. Allí estaba la puerta de servicio. Contrastaba con la luminosidad y la pompa de la fachada. Se acercó lentamente a la puerta de la cocina. Allí lo esperaba Daniel, el hijo de Jacinto.


-Buenas noches, Amador.


-Buenas, Daniel.


-Que elegante va usted.


-No hay que desentonar. Dentro todos van de etiqueta.


-Mi padre me lo ha explicado por teléfono. Ya sabe que por usted hacemos lo que convenga.


-Pues venga, déjame entrar que tengo ganas de ver la cara de ese tipo.


Daniel acompañó a Amador a través de los pasillos. Iba saludando a los guardas de seguridad con total naturalidad. Daniel era el jefe y encargado de la seguridad del homenaje. Llegaron a la sala donde se tenía que celebrar el acto. Todavía no había mucho público. La mayoría eran personas de avanzada edad y las luminosas arañas que pendían del techo remarcaban aquellos vetustos perfiles. Daniel señaló una silla en la que misteriosamente había aparecido una etiqueta con el nombre de Amador. El anciano se dirigió hacia ella. Cuando estuvo a punto de sentarse se giró hacia Daniel, que todavía lo observaba. Hizo un ademán de despedida y sentó. Al poco tiempo estuvo rodeado de todas aquellas personas que acudieron al homenaje de Arsenio.


Una señora sexagenaria de forma redondeada, con el pelo cubierto de laca y recogido en un moño se sentó a su izquierda. El maquillaje era exagerado. El rojo de los labios era muy intenso y el que decoraba sus gastados ojos le daban un parecido a una actriz de circo. Incluso su voz era esperpéntica. Mezclaba la risa constantemente en la conversación. Amador asentía, aunque lo único que captó era el único interés de la señora por el cóctel ofrecido tras el discurso del homenajeado.


-A ver si ponen croquetas, humm.


-Sí, señora.


A su derecha se sentó un hombre con uniforme. Estaba en esa edad que ya roza el retiro. Amador agudizó la vista y le pareció que los hombres que estaban sentados al lado de su vecino de butaca era una repetición del mismo. En la parte más cercana al púlpito se podía apreciar gente con más clase. Un mar de smokings inundaba esa parte de la sala.


Amador notaba que le sudaba la espalda. Miró la hora. Para eso tuvo que acercarse el reloj a los ojos. No podía creer que estuviera allí. Que por fin viera a Arsenio. Mientras que el resto de la concurrencia era una amalgama de saludos, él permanecía quieto, con la mirada fija en el atril. Recibió un par de codazos involuntarios de la señora, pero ni se inmutó.






En una habitación elegantemente acomodada esperaba Arsenio para realizar su discurso de gratificación por el reconocimiento a su carrera. Le acompañaba Rosa. En la habitación había varias personas a las que no conocía. Pero todas lo abrumaban. Un camarero servía copas de champán en una bandeja. Rosa se procuró un par y le alcanzó una a su abuelo.


-No debería beber, Rosita. Luego se me trabará la lengua.


Bromeaba, pero la sensación de angustia que tenía incrustada seguía haciendo mella en el interior de su alma.


Rosa se separó un momento de él. La siguió receloso con la vista. Observó que saludaba a un joven capitán. Era un muchacho muy apuesto y decorado con un señorial bigote. Arsenio no necesitó devanarse el cerebro para descubrir que su nieta tenía un pretendiente. Cuando vio que se acercaban se puso nervioso a causa de unos infantiles celos que florecieron de los más remoto de su sensibilidad. Arsenio deseó empuñar el arma y descerrajar un disparo en el rostro del joven. Este pensamiento se desvaneció cuando Rosa lo cogió suavemente por el antebrazo y muy feliz le presentó a Rigoberto.


-Encantado de conocerle, mi general. Me llena de orgullo y de satisfacción.


-Descanse, descanse, capitán.-Rigoberto permaneció cuadrado hasta que Arsenio le dio la orden. Una profunda vergüenza invadió a Arsenio por haber pensado en matar al hombre que estaba llamado a hacer feliz a su nieta.


-¿Verdad que es guapo, abuelo?


-Te felicito, Rosita.


Rigoberto en aquel instante se ruborizó y al ver que Rosa y Arsenio reían, él los imitó.


-Cuida bien de mi nieta, muchacho.


-No se preocupe, señor. Así lo haré.






Llegó la hora y Rosa acompañó a Arsenio frente al atril cogido del brazo. Sonaron unos débiles aplausos para no romper la presuntuosidad del acto. Cuando Arsenio estuvo instalado, Rosa abandonó el escenario y se reunió con Rigoberto. Estaba entusiasmada y agarró con propiedad el brazo de su prometido. Sus ojos, en cambio, eran sólo para su abuelo.


Cuando los fotógrafos terminaron su trabajo Arsenio todavía parpadeaba. Sus anciana vista no estaba acostumbrada a las interminables ráfagas de los flases. Aunque medio ciego seguía manteniendo una prefabricada sonrisa en su ajado rostro. Instintivamente movía la cabeza saludando a los asistentes como si en realidad pudiera verlos.


Un funcionario de la Delegación instó a los fotógrafos a que finalizasen su trabajo haciendo aspavientos con los brazos, igual que el granjero guía a los pavos hacia el corral. Arsenio observaba desde su posición privilegiada la efectividad del funcionario en su tarea. Alzó la vista y vio una cámara de televisión en un pequeño balcón interior registrando la noticia para los informativos.


Quiso hablar. No podía. La congoja dominaba su espíritu. Miró hacia al lado donde estaba su nieta. Ésta le sonreía radiante y le instaba a que comenzase. Arsenio tocó el papel de los apuntes del discurso apoyado en el atril. No le hacía falta. No era el primer homenaje ni tampoco el primer discurso. Aún así la amargura lo tenía bloqueado.


La mayoría de los asistentes miraban con ternura al viejo general; era tanto el aprecio que le tenían que no les preocupaba la demora del discurso. Entonces Arsenio balbuceó unas palabras. Causaron tal efecto que despertó la atención de todos. En ese momento nadie pensaba en croquetas y cóctel y el silencio inundó la sala.


-¡Acaba ya con esta patraña, traidor!


En el centro de la sala estaba en pie Amador. Permanecía inmóvil señalando a Arsenio. Aquella frase sonó con tanta fuerza en mitad del silencio que nadie entendió que había pasado. Arsenio desde su posición miró con desprecio a Amador. Sacó el arma de la cartuchera. Todo el mundo corrió a protegerse. Entre las butacas Amador continuaba señalando al general, impasible. Entonces Arsenio levantó el arma, apoyó el cañón en su sien y se disparó. Cayó desplomado.


Rosa abrazó el cadáver de su abuelo presa de un ataque de histeria. Rigoberto saltó como un poseso por entre las butacas a apresar a Amador. Dentro de la confusión y el caos que se generó en la sala el anciano permanecía tranquilo, como el que se quita una pesada losa arrastrada la mayor parte de la vida. Rigoberto estuvo a punto de abalanzarse sobre él, pero Daniel intervino de una manera sobria y autoritaria.


-No se preocupe, capitán. Soy el responsable de seguridad y de éste me encargo yo.


Al cabo de una hora Amador llegó caminando a su casa. Se sentó en el sofá y se quedó dormido.






***






60 años antes…






Los tres jóvenes entraron al piso franco. Lo tenían todo planeado. Sólo una pequeña probabilidad podría arruinar el atentado contra el dictador. Y eso fue lo que sucedió. La policía los detuvo. Amador, Jacinto y Arsenio entraron juntos en prisión. Al cabo de una hora Arsenio desapareció y pasaron muchos años hasta que sus dos compañeros supieran algo de él.






FIN







EL TIGRE DE MALASIA










Llevaba tres días allá arriba en la jungla cubriendo la noticia. El caso no avanzaba y me temía que la estancia en aquella cabaña sería más larga de lo previsto. Pasaba gran parte de la noche tumbado en un camastro cubierto con una mosquitera. A la luz de una vela repasaba mis notas y las leía.


Aquella noche el calor era sofocante y dormir se convertía en una utopía. Decidí salir a fumar al patio. La cabaña estaba rodeada de otras muchas. La mayoría de la gente estaba en el exterior debido al insufrible bochorno. Todos anhelábamos el estallido de una tormenta pasajera para refrescarnos.


El poblado estaba situado en una altiplanicie cuya vista dominaba gran parte de la jungla. En la parte más alta estaba la gran cabaña. Era una edificación construida con la misma técnica que el resto de las cabañas, pero la diferenciaba su gran tamaño. Pertenecía a la comunidad y su uso estaba destinado a reuniones y festejos. Pero ahora estaba ocupada por el doctor Majari y el inspector de policía Taburu acompañado de cuatro de sus hombres.


Los hombres de Taburu custodiaban los dos cadáveres; un matrimonio había sido brutalmente apaleado hasta causarles la muerte. El caso estaba claro: los asesinaron sus familiares. El matrimonio profanó el día sagrado dedicado a los árboles. Esta festividad sólo la celebraban unos pocos poblados aislados de la jungla. El pecado mortal que cometieron fue fumar delante de sus familiares antes de la comida sagrada. Aquel hábito al tabaco lo adoptaron de un empresario maderero para el que estuvieron trabajando como servicio doméstico. El empresario quebró y ellos regresaron al poblado con dos hijos pequeños además de su vicio.


El insomnio propiciado por el calor me producía ansiedad. Me acostaba en el camastro y al cabo de cinco o diez minutos me volvía a levantar. Encendía otro cigarro. Salí del patio y me dirigí a dar un paseo nocturno por el camino que rodeaba las cabañas. Me acerqué al punto más alto y observé la frondosa oscuridad imaginando los focos del vehículo que por fin trajera al juez.


Agotado por la falta de sueño decidí volver a la cabaña. No me apetecía hablar con el doctor y mucho menos con el inspector. Ambos eran tertulianos a los que había que darles la razón en todas sus opiniones para poder conversar sin discutir.


Pasé por delante de la cabaña dónde estaban retenidos los familiares de los asesinados. Permanecían en el exterior como la inmensa mayoría de aquel poblado, pero custodiados por dos agente de Taburu. Algunos todavía conservaban manchas de sangre en sus vestimentas. La oscuridad disparaba mi imaginación y tuve la impresión de estar delante de una tribu macabra en reposo después de una orgía de sangre y violencia. Pero en realidad eran pobres campesinos que se habían dejado llevar por el fervor fanático de unas creencias religiosas y ahora no entendían lo que había ocurrido. Cuando llegara el juez seguramente encarcelaría a un par de ellos y a los otros los dejaría en libertad.


Una brisa liviana recorrió por un instante entre las hojas de los frondosos árboles. Los sonidos de los animales nocturnos de la selva rompían el denso silencio. Retomé el camino más corto para llegar a mi cabaña. Entre algunos claros de las copas de los árboles se podía distinguir la luna llena. Visión poco esperanzadora porque obviaba la ausencia de nubes y por lo tanto las escasas posibilidades de disfrutar de un chaparrón pasajero.


Me dirigía a la cabaña con la intención de ordenar mis notas para después publicar la noticia en el Kuala Lumpur News cuando en el centro del camino observé un bulto que avanzaba hacia a mí a cuatro patas. Por un momento pensé que se trataba de un perro de presa que utilizaban los nativos para cazar elefantes, pero al acercarse y escuchar el ronroneo me di cuenta que era un tigre. Mi sangre se paralizó. Las gotas de sudor se congelaron. En un instante recordé todas las cosas que debería haber hecho y las que había dejado a medias. El tigre se acercaba a paso lento moviendo con elegancia su majestuoso cuerpo. Mis pies parecían enraizados y mis brazos dos vigas de hierro inamovibles. El tigre me había sorprendido en una curva del camino. Si lo hubiera avistado a lo lejos habría aprovechado la oportunidad y me habría escondido en el interior de una cabaña. Pero allí estaba yo a menos de cinco metros del insaciable devorador de la jungla. Oí voces que provenían de una cabaña. Lo extraño es que estaba en el recorrido por donde el tigre había pasado y no se escucharon voces de alarma. Ya lo tenía a menos de dos metros. Cerré los ojos y me concentré para no sentir el dolor de las dentelladas que iba a recibir. Cuando más tenso estaba escuché una voz.


-¿Qué hace?


Abrí los ojos y vi que el tigre estaba junto a mí y seguía su camino. Al otro lado del camino había un anciano vestido sólo con un paño que le cubría sus partes púdicas y un turbante blanco en la cabeza. Era extremadamente delgado y su boca sólo estaba poblada por un diente inferior y una barba de chivo canosa decoraba su cara.


-¿Qué hace?


-Pues, ¿no lo ve?


-Ah, el tigre.


Yo casi me había hecho encima mis necesidades y aquel hombre se tomaba la presencia del tigre con toda naturalidad.


-No se preocupe, señor. El tigre es sonámbulo.


-¿Sonámbulo?


-Sí, señor. Así es.


Y el hombre continuó su camino.


Cuando llegué a la cabaña todavía estaba aturdido. Aquel suceso fue el susto más grande que me había recibido en mi vida. Y la extraña resolución no me dejó indiferente. Me senté en la mesa y retiré todas las notas que había redactado sobre el asesinato del matrimonio fumador. Preparé unas hojas en blanco, acerqué la vela y me puse a escribir la historia del tigre sonámbulo de Malasia.

EL GENIO DE LA OLLA EXPRÉS

A Josefina cada vez le costaba más subir las estrechas escaleras. Apenas cabía entre la baranda y la pared y el recorrido se hacía más penoso cuando volvía del mercado con el carro de la compra cargado en una mano y la bolsa del pan en la otra. Paso a paso iba subiendo con aquellas pantorrillas purpúreas por las eternas varices. Vestía con una blusa y una falda hasta las rodillas. Siempre de riguroso luto. Su apartamento estaba en la cuarta planta y una bombilla amarillenta iluminaba su pelo canoso cada vez que alcanzaba un nuevo rellano. El paso del tiempo había mermado su antaño precioso cuerpo. Después de parir a sus cinco hijos las caderas se expandieron y unos kilos no deseados se añadieron creando así la forma redonda con la que tuvo que convivir hasta el final de su vida.
Cuando llegó a casa dejó el carro y el pan en la cocina. Encendió la radio. Emitían canciones de otra época. Para ella era fácil dejarse caer en el recuerdo olvidando el presente. Anduvo preparando la poca ropa que tenía que lavar y recogió la que tenía planchada. Luego entro en la cocina y peló una patata y limpió unas judías. Cuando tuvo los ingredientes preparados sacó la olla exprés del armario. Añadió la cantidad de agua necesaria. Tan sólo tenía que encender el fuego cuando sonó el teléfono. Apagó la cerilla que sostenía con los dedos y se dirigió al pasillo. Descolgó y las ilusiones de recibir una llamada de alguien conocido se desvanecieron al escuchar a un comercial que quería venderle los mejores alimentos congelados del mercado. El comercial acabó la empalagosa exposición con una frase que la dejó perpleja: “Y recuerde que nuestros productos congelados son frescos como una rosa, señora”. Colgó y volvió a la cocina. Encendió el fuego y la olla empezó a concentrar el vapor para cocer la patata y las judías.
Josefina ojeaba una revista en la salita cuando le sorprendió el estallido del vapor. Se levantó para reducir la fuerza del fuego. Al entrar en la cocina se asombró al ver el extraño color azulino del vapor y de lo condensado que salía de la olla. Corrió a abrir la ventana que daba al patio interior. Pero al salir de la cocina la ventana se cerró bruscamente. Josefina no comprendía lo que estaba pasando. En la cocina cada vez había más vapor. Intentó salir de casa, pero Josefina no pudo abrir la puerta. De repente una voz irrumpió desde la cocina: “No se preocupe señora. Tan solo es por discreción.”
Josefina se acercó con sigilo a la cocina. Asomó la cabeza vacilante.
-¡Acérquese, señora, acérquese!-
Del espeso vapor sólo quedaba una ligera neblina y un espeso fluido azul impregnaba toda la cocina. De los armarios goteaba a los azulejos blancos. Josefina vio aquello y casi se desmayó. Tardaría un día, por lo menos, en limpiarlo todo. Se dio la vuelta. Se dirigió al cuarto de baño, dónde guardaba los enseres de limpieza. Caminaba cabizbaja. Al encontrarse con una tarea fatigosa se convertía en un muñeco mecánico. De nada servía lamentarse.
-Pero… Oiga, señora, ¿Adónde va?
Aquella voz la sacó de su enfrascamiento. Volvió sobre sus pasos, pero esta vez entró sin reparos en el interior de la cocina.
Incrédula observó a aquel ser extraño. Estaba sentado en el mármol con las piernas cruzadas y saludando con una mano.
-Hola.
Tenía el tamaño de un bebé. Su piel fina, carente de vello, mostraba un tono azul turquesa. Su cara no poseía ningún rasgo humano. Sus párpados rasgados dejaban entrever matices ocres y verdosos en los ojos. Los orificios de sus fosas nasales eran desproporcionados con el tamaño de la nariz achatada. Su boca también era enorme y unos colmillos cariados asomaban apuntando hacia arriba en la mandíbula inferior. Tres prominentes arrugas marcaban la frente y una pelusa cerdosa coronaba su redonda mollera. Josefina pensó que ya lo había visto todo en esta vida.
-Déjeme que me presente, señora. Me llamo Bogar, también conocido como el genio de la olla exprés. Sí señora, igualito que el genio de la lámpara de Aladino. Aunque cuentan por ahí que eso fue un rumor porque no está claro si Aladino existió.
Josefina escuchaba con atención al genio. Hacía tiempo que nadie conversaba con ella en casa.
-Sepa usted, señora que como genio le puedo ofrecer tres deseos. Sí, como en los cuentos. Pero tiene que entender que los deseos que yo le ofrezco sólo tienen un día de duración. Y no me pida que le limpie la cocina porque eso me llevaría por lo menos dos.
Josefina se apartó de la puerta. Se había apoyado sin querer y la blusa se impregnó de baba azul. Intentó sacudirla con la mano, pero se le quedó enganchada. Mientras se dirigía al lavabo le dijo al genio:
-Bien, déjame que lo piense.
Después de lavarse se sentó en su butaca y estiró las piernas. El genio apareció a su lado.
-Recuerde, señora, que no tengo todo el día.-Josefina se giró y lo miró. Al ver el rastro viscoso de sus pisadas le dijo:
-Oye majo, vete a la cocina y no te muevas que me lo vas a ensuciar todo.
El genio volvió sobre sus pasos y Josefina fue a buscar la fregona y unos trapos.
Josefina entró en la cocina y encontró al genio sentado en el mármol. Sus pies amorfos, antes desnudos, ahora estaban enfundados en unos calzos de tela con suela antideslizante. Josefina lo miró.
-Primer deseo concedido, señora.
-¿Cómo?
-Me ha dicho que vuelva a la cocina y que no ensucie nada más.
-Hombre, pero tampoco lo estaba deseando.
-Ya, ya. Pero soy un genio. No entiendo el sentido coloquial de las palabras. Sólo atiendo a la voluntad de la persona agraciada con los deseos. Es así de simple, señora. Ahora mismo le quedan dos. Piense antes de decidir el próximo y cuidado con lo que me dice, que ya veo que es usted muy espontánea.
-La verdad es que no me he enterado de nada. Voy a limpiar un poco esto y mientras pensaré. No tengo ni idea de lo que quiero. A mi edad…
-De acuerdo, señora. Usted vaya haciendo. Yo continuaré aquí sentado, pero recuerde que sólo tiene de plazo hasta esta noche.
Josefina asintió en silencio y empezó a retirar la baba azul empezando por el fondo de la cocina. En el otro extremo la nevera zumbaba rabiosa. Cada hora resonaba un ronroneo inaguantable causado por el movimiento vibratorio del motor aunque sólo duraba unos minutos. Josefina se acercó hacia ella. Cuando estuvo en frente apoyó una mano en la puerta y con la otra le dio un golpe. El ruido cesó. El genio, que la observaba, sonrió al ver el gesto que hizo Josefina. A través de la comisura de los labios enseñó una fila de diminutos dientes afilados.
-¿Siempre la hace callar así?
-Sí, si estoy en la cocina.
-¿Y por la noche también hace este ruido?
-Sí
-¿Y qué hace?, ¿se levanta a darle el estacazo?
-No, cierro la puerta antes de acostarme.
-Muy práctico, señora.
Josefina tarareaba la canción que sonaba por la radio, que a pesar de todo no había dejado de sonar, mientras metía en una bolsa de plástico un puñado de emplasto azul. Campanera, trinaba el pequeño ruiseñor. Al terminar la canción sonaron las señales horarias. Eran las dos. Josefina dejó caer la bolsa al suelo. El genio la observaba; no había dejado de hacerlo. Josefina se lanzó hacia la nevera y abrió la puerta.
-Pués… no sé qué vamos a comer.
-No se preocupe por mí, señora. No me toca comer hasta que pasen unos doscientos cincuenta años.
-Madre mía.- Josefina busco entre los pocos alimentos que poblaban la nevera.-Lo único que tengo se ha de cocinar y mira como está todo.- Se quedó mirando fijamente al genio y de repente sus ojos se iluminaron.
-¿Por qué me mira así, señora? No habrá pensado en comerme.
-No, hombre, no. Además no creo que tengas buen sabor. Sólo hay que verte.
-Pues dígame que significa esa mirada.-Dijo el genio molesto.
-Estaba pensando que quizás puedas otorgarme un deseo.
-Para eso estamos, señora.
Josefina se apoyó con las dos manos en el palo de la escoba.
-Me acuerdo de aquella vez que hice un viaje con mi Manolo a Cáceres. Por el camino nos paramos a comer en una venta de la carretera. Me acuerdo que era la carretera porque el coche se recalentó y tuvimos que pararnos. Imagínate si hace años de esto que todavía no había nacido ninguno de mis hijos.
-Mucho ha llovido, señora, mucho.
-Sólo bajar del coche recuerdo que aquel olor a comida nos abrió el estómago. Olía a gloria. Entramos y nos sentamos en una mesa. No recuerdo exactamente lo que pidió mi Manolo, hace muchos años ya. Pero nunca olvidaré lo que pedí yo.
Josefina volvió a mirar fijamente al genio. En sus ojos nació un brillo que hacía mucho tiempo se había apagado. El genio se asustó al ver aquella mirada tan viva. Tanto que reculó un poco sobre el mármol.
-¿Qué…qué pidió, señora?
-Algo que sólo comí en aquella ocasión y que he pasado toda mi vida esperando repetir.
-Sería algo exquisito para causar tanto entusiasmo.
-Imagínate. Tanto que te lo voy a pedir.
-Adelante, señora. No se corte.
-Deseo comerme un plato de criadillas de cordero, cortadas en medallones finos y rebozados. Que estén bien doraditos y crujientes. Adornados con un poco de perejil picado y con unas bolitas de patata rellenas de arándanos y me lo sirves en la salita acompañado de una buena botella de vino tinto.
El genio, que por instinto se tapó con una mano sus genitales desnudos, levantó el brazo derecho hasta ponerlo en posición vertical. Entonces movió el brazo dibujando círculos en el aire. Cerró los ojos y susurró unas palabras. El trance duró un par de minutos. En el momento que acabó se dirigió a Josefina.
-La comida está servida, señora.
Cuando Josefina entró en la salita pudo oler el aroma que desprendían las criadillas de cordero. El genio permanecía de pie a su lado. Josefina lo miró y con lágrimas en los ojos le agradeció haber hecho realidad su voluntad. El genio la instó a que se sentase.
-Ande, señora, coma no sea que se enfríe. Y no se preocupe; tengo preparado el café para cuando termine.
Josefina asintió mientras saboreaba las criadillas. La salita perdía la poca la luz del sol que entraba por la estrecha puerta del diminuto balcón.
Después del apetitoso banquete Josefina se quedó adormilada en la butaca mientras escuchaba la radionovela. Se introdujo en aquel terreno entre el sueño y la vigilia y por un momento retrocedió varias décadas de su vida. Tiempos antiguos que disfrutaba con su marido y que se fueron llenando con la aparición de los hijos. Habían pasado años desde la última vez que fue al cine o al baile. Sus hijos eran todo para ella. Josefina era demasiado humilde para quejarse de la falta que le hacía un poco de desahogo. Tampoco se había parado en pensar en ello. A partir de los quince años ya se hacía cargo de sus seis hermanos y el padre viudo. Durante su noviazgo también tuvo que cuidar a la familia de su Manolo, ya que los padres estaban enfermos y los hermanos eran demasiado menores y gandules para cuidarse ellos mismos. Luego llegaron un par de años de felicidad hasta que nació el primer hijo. El piso se iba llenando de críos. Les dieron la mejor educación posible y luego volaron cada uno a formar su nido. Los padres se quedaron solos. Ya no estaba el cuerpo para bailes y el cine que se hacía en aquel momento ya no les interesaba. Era más fácil pasar las horas delante de la televisión. En el caso de Manolo, en el bar. Y ese era el motivo de que las pensiones de los dos se esfumaran antes del día quince. Aún así Josefina lo quería con devoción. Aunque al atardecer llegara el hombre doblado por el peso del vino y la pusiera de vuelta y media. Los hijos como mucho aparecían por navidad, si tenían la ocasión. La última vez que se reunieron fue en el entierro de su padre. Anecdótico por la cantidad de maquillaje que tuvieron que utilizar los embalsamadores para disimular el color tinto de su cara. Josefina se sentía como un pollo agridulce; tenía el espíritu agrio por la perdida de su marido, pero por el contrario dulce al ver a todos sus hijos reunidos junto a ella dándole calor.
Aquellos hijos se habían olvidado de ella. Aún así los quería con fervor. Aunque no estuvieran allí ella los sentía. Era su madre y en su imaginación había sitio para todos.
La tarde había caído y la oscuridad se adueñó del interior de la salita. Josefina se levantó despacio de la butaca y apoyando una mano en el respaldo cojeó un poco. Sus extremidades se agarrotaron después de permanecer tanto tiempo estáticas. Soltó un bufido pesaroso y encendió la lámpara de pie que reinaba solitaria en un rincón. La luz que desprendía la envejecida pantalla amarillenta aún cosechaba más dudas para la vista con las sombras que proyectaba.
En aquel instante empezó a sonar por la radio “Corazón loco” interpretada por Bambino. Josefina seguía el ritmo con la mano alzando el dedo índice. La otra la mantenía apoyada en la cadera. El genio que de música ni fu ni fa la miraba y sonreía ante aquel extravagante baile. Cuando terminó la canción la aplaudió y una ristra interminable de cuñas publicitarias la siguieron. Josefina bajó el volumen del aparato.
-Son los anuncios de las siete. Duran hasta las ocho.-Le aclaró al genio.
-Me parece muy bien, señora. Escúchelos, igual se le ocurre algo para el tercer deseo. No pasó mucho tiempo cuando Josefina volvió a clavar en el genio aquella mirada vivaz sin pestañear.
-¿Tercer deseo, señora?
-Exactamente, majete.
-Usted dirá.
-He pensado que lo que más deseo ahora mismo es…
-Píenselo bien, señora, que luego vienen los malentendidos.
-Es reunir a mis cinco hijos.
-¿Dónde?
-Pues aquí, conmigo.
-Eso no va a poder ser, señora.
-¿Cómo?
-Es imposible que salga a buscarlos y los traiga a todos antes de medianoche.
-Pero antes has hecho aparecer las criadillas.
-Sí, pero con humanos es diferente. Tendría que ir a buscarlos personalmente y traerlos. Puedo hacer realidad cualquier deseo material porque mi magia lo transporta hasta aquí, pero con los humanos no funciona.
-Pues vaya.-Josefina estaba decepcionada. Por un momento pensó que acabaría el día reunida con su familia.
-Aunque… hay una manera.-dejó entrever el genio.
-¿Qué manera?-preguntó Josefina
-Usted se quiere reunir con sus hijos, ¿no? Pues venga.
Y el genio levantó el brazo y empezó a hacer el movimiento circular invocando el tercer deseo.

*************

El fuerte olor a gas hizo que Ramona llamara a los bomberos. Cuando éstos llegaron les señaló la puerta de Josefina.
-Gracias, señora. Ahora baje a la calle.
En la calle había un camión de bomberos, dos ambulancias, un coche patrulla y un centenar de curiosos que se colgaban de la cinta que marcaba el perímetro de seguridad.
Un bombero derribó la puerta con un ariete. Al entrar vieron tendido el cuerpo de Josefina en el pasillo junto al teléfono. Otro bombero se introdujo presuroso en la cocina y cerró el gas. Los servicios de emergencia comprobaron que Josefina estaba muerta y la dejaron allí a la espera de la llegada del juez para el levantamiento del cadáver.
Cuando el piso ya estuvo bien ventilado entraron dos inspectores de policía.
-¿Crees que es un suicidio?
-No. Si te fijas aún lleva la cerilla apagada en la mano y está cerca del teléfono. Seguramente iba a poner esa olla exprés que hay en la cocina. Abrió el gas, encendió la cerilla y alguien la llamó.
-Pobre mujer, tan mayor y viendo sola. ¿Tiene algún hijo o familiar?
-La señora que dio la alarma dice que de vez en cuando venían a visitarla dos hijos.
-De vez en cuando. Que poca consideración con una madre.
-Estás muy sentimental últimamente.
-Es que estos casos me sacan de quicio.

Pablo le enseñó a Juan la página del periódico dónde salía la noticia de la muerte de su madre. “Otra muerte dulce de una anciana”. Luego la fueron leyendo el resto de los hermanos. El tanatorio cerraba a las diez y cada uno iba poniendo excusas para largarse de allí. Lo que no sabían es que al posar todos juntos al lado del féretro habían hecho realidad el deseo de su madre.


FIN

EL VIAJE

Todo ocurrió el día que celebramos las bodas de plata. Aquel año también cumplimos cincuenta años y seguíamos queriéndonos igual o más que el primer día. A lo largo de todos estos años hemos criado a tres hijos; dos varones y una mujer. De ellos fue la idea de regalarnos aquel fin de semana en el balneario.
El viaje de ida fue plácido y se nos hizo corto. El balneario estaba construido en la falda de una montaña de casi dos mil metros de altura. Lo que más me llamó la atención era lo distante que se encontraba mi mujer cada vez que nos acercábamos al balneario. Los últimos kilómetros tuvimos que recorrerlos por una sinuosa carretera poblada de cipreses en el arcén. Aquello me dio mala espina ya que suele ser el camino de los cementerios el que alberga estos árboles. Aparqué donde estaba señalizado. Bajé y le abrí la puerta a mi mujer. Seguía ensimismada y miraba melancólicamente hacia uno de los torreones que se erigían en cada esquina del edificio.
El edificio era monumental. Las paredes levantadas con ladrillo cocido rojo se imponían mezclándose con la belleza de cada marco de madera, lacado en blanco, de las ventanas. Fue construido por un aristócrata en siglo diecisiete y afortunadamente se conservó en buenas condiciones hasta nuestros días. Ahora lo habían habilitado como balneario ya que en interior fluían unas termas naturales y el agua poseía propiedades curativas.
Me llamó la atención que al bajar los dos del coche nadie vino a atendernos. Mi mujer no se dio cuenta. Parecía que era presa de un encantamiento ya que hacía rato que no decía nada y solo se movía cuando yo le ayudaba, como cuando la hice salir del coche. Allí en el aparcamiento se quedó plantada mientras yo buscaba la recepción.
El balneario tenía una visión impresionante. Al mirar hacia el tejado, desde abajo, se veía la cima de la montaña coronada por nubes bajas. En el aire se podía respirar la humedad de aquel sombrío valle. Por mis cálculos de orientación a través del sol deduje que, como mucho, sólo habría un par de horas en el que el edificio estuviera acariciado por los rayos solares. Siempre y cuando las nubes no lo evitaran.
Seguí un camino empedrado que supuse me llevaría hasta la entrada. El jardín era una obra de arte. Me impactó con la exactitud con que los setos estaban recortados representando varias formas de animales. Me acordé de aquella famosa película del chico aquel que tenía tijeras en las manos. Sin darme cuenta llegué absorto por la belleza del jardín a la puerta de la entrada. Estaba cerrada. Pero se distinguía el fulgor de una luz interior a través de los cristales ahumados. Llamé. Pasaron unos segundos y nadie me contestó. Acerqué la cabeza al cristal. Pude distinguir unas figuras que se movían por el interior. También escuché sonido de música y unas risas. Al parecer estaban montando una fiesta. Miré hacia el aparcamiento para ver a mi mujer. Tenía las manos a las espaldas y con un pie movía los guijarros. Agité los brazos, pero no levantó la cabeza. De repente me di cuenta al verla hacer aquel monótono movimiento de cuan bella era y sentí que la quería.

LA RUINA

Llegó la mañana y sonó el despertador en la habitación de Carlos. Se levantó de la cama y subió la persiana. En pocos segundos los cristales se cubrieron de hollín. Bajó a la cocina y se preparó un café con leche. Recogió la mochila con la ropa y el almuerzo, preparados la noche anterior, y se marchó a la trabajar.
El aire de la calle era irrespirable y una especie de pasta negra se pegaba en la suela de las botas. La gente caminaba por la calle con la cara tapada con telas. Las ropas también quedaban impregnadas del sucio hollín. El negro era el color que predominaba en el paisaje.
El autobús de Carlos hacía un recorrido por el pueblo recogiendo a los obreros de la fábrica. El conductor del autobús aprovechaba cada parada para limpiar los parabrisas cubiertos de cenizas.
La jornada laboral era corta. Cuatro horas. Si un obrero permanecía una hora más dentro de la fábrica corría un riesgo inminente de muerte por asfixia. Los patronos lo descubrieron tras analizar varios casos de infartos cerebrales.
Antes de terminar el recorrido el autobús pasaba por delante de un salón con grandes cristaleras que permitía ver su interior. Era un local limpio y bien iluminado con las paredes forradas de una moqueta roja. El centro de las mesas estaba adornado con jarros de cristal impolutos que albergaban coloridos ramos de flores. Las sillas estaban delicadamente tapizadas y unos cuadros expresionistas decoraban las paredes. Los camareros vestían de etiqueta y servía a la distinguida clientela del pueblo que acudía a almorzar a diario. Los clientes habituales eran los propietarios de las fábricas y sus familias y asistían cada día porque no había otro lugar en el pueblo a donde pudieran ir. Todo estaba cubierto de la porquería que sus fábricas desprendían. Todo se destruía mientras ellos se enriquecían.
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