LA CRISIS



Parecía que aquel día nunca fuera a llegar. Cuando Armando entró en la oficina del jefe de personal ya sabía lo que iba a escuchar. Cogió el talón, la carta y los pocos objetos personales que adornaban su mesa y abandonó la oficina. En el exterior apoyó la pequeña caja de cartón en el suelo y encendió un cigarrillo. No estaba permitido fumar, pero ni se inmutó a la hora de exhalar, con placer, el humo. Cuando acabó pisoteó la colilla dejando una pequeña mancha de ceniza. En el suelo del aparcamiento estaba pintado el número de la matrícula de su coche. Esa misma tarde quizás ya no.



Al conducir lo hizo con lentitud. No tenía prisa y quería saborear la angustia provocada por la perdida del empleo. En un principio estuvo un poco desorientado. Eran muchos años acumulados en la empresa Walter Wass & Co. Se había acomodado a una rutina placentera y sólida económicamente. De ahí que al principio no supiera por dónde empezar. Como es lógico hizo todos los trámites burocráticos para conseguir la prestación por desempleo. Aquella ardua tarea frente al dominio de los funcionarios le tuvo entretenido durante una semana mientras que no le validaran todos los documentos y, por fin, pudiera hacerse con la ayuda económica. Era bastante reducida respecto a la nómina que recibía puntualmente, pero sumando la indemnización podía defenderse durante una temporada, eso sí, procurando mucha cautela con los gastos extra.


Cuando entró su apartamento tuvo una sensación extraña. Nunca había estado en día laborable en su interior. Lo primero que le llamó la atención fue el bullicio del tráfico diario que ascendía desde la calle hasta su balcón. Abrió las puertas hacia el exterior y se quedó atónito ante el estruendo cotidiano. Su mirada se perdió ante el gran edificio que se levantaba al otro lado de la calle. Por primera vez observó niños jugando en el patio de aquel colegio que siempre le pareció un sórdido armazón de hormigón diseñado por un arquitecto de prisiones. Los domingos era un edificio triste por su clamante soledad. Sobretodo le deprimía cuando tomaba el desayuno.


Cerró las puertas del balcón y se sentó en su butaca de leer. Estaba agobiado. Aún así se creía mentalizado para soportar aquel cambio tan brusco que había tomado el rumbo de su vida. Junto a la butaca había una mesita. En ella esperaba el libro de turno. Alargó la mano y lo cogió. No se concentraba y a la cuarta página lo devolvió a su sitio. Se levantó y dio unos pasos y justo cuando estaba en el centro de la habitación extendió los brazos y gritó en silencio: ¿Y ahora qué hago? La frustración empezó a asomar tímidamente y muy cautelosa. Él se dio cuenta e intentó controlar la situación. Como un rayo se dirigió al equipo de música y puso un disco de rumbas para que le subiera el ánimo. Para vencer su desazón se puso a bailar e imaginó que tenía una guitarra en sus manos. La rascaba con la misma pasión que el guitarrista original. Cuando se dio cuenta una gota de sudor se abría paso desde su frente hasta la mejilla. Había entrado en calor.


Cerca de su apartamento había una iglesia. Utilizaba las campanadas como señal horaria. Armando tenía la costumbre de mirar el reloj cada vez que éstas tañían. A veces se concentraba para contarlas a pesar de la dificultad del ruido ambiental. Habían tocado las doce, pero el contó trece. Por eso volvió a mirar el reloj. Era mediodía y corrió a asomarse al balcón. Padres y madres acudían en tropel al colegio a buscar a sus hijos. Esa actividad a él le entretenía. Allí apoyado en la baranda disfrutaba de aquella media hora escasa que duraba la recogida. Luego bajaba a la calle. Desde su portal a la estación de autobuses había un par de kilómetros. Ese era el ejercicio físico diario que se impuso para no atrofiarse. Excepto los domingos. Ese día justificaba quedarse en casa como si fuera el único que éticamente pudiera permitírselo. Se marcó una serie de pautas para permanecer siempre ocupado, aunque fueran imaginarios rellenos de actividad. Pero a la que no fallaba era a su cita a mediodía a observar la salida del colegio. Un viernes mientras se entretenía le llamó la atención una joven madre de aspecto menudo, pero de hermoso porte. Al principio no la reconoció, pero estaba seguro de que era ella. Paula soportó el trámite de su divorcio mientras trabajaba en Walter Wass & Co. Era operaria en la cadena de producción. Armando era el encargado y tuvo que despedirla por los florecientes reajustes en la plantilla que tan de moda se habían puesto. Armando nunca se había fijado en ella nada más que en los partes diarios de trabajo dónde aparecía su nombre, pero al verla allí frente a la puerta de metal del colegio, mientras charlaba con una amiga, su corazón le dio un vuelco. Aún así no estaba seguro de que si era ella o simplemente su memoria estaba jugando con sus recuerdos. Tuvo una idea. Esperó a que las campanas de la iglesia señalaran las cinco de la tarde. Entonces bajó a la calle y buscó una óptica para comprar unos prismáticos. La encontró cuatro calles más abajo. Entró y se los pidió a un anciano dependiente que postró sobre el mostrador tres modelos diferentes con varios alcances de visión. Armando eligió el modelo más barato. Cuando salió de la tienda lamentó que hasta el lunes no pudiera utilizarlos y asegurarse de que aquella mujer era Paula. Pasó todo el fin de semana nervioso. Tuvo la tentación de sacar los prismáticos de la funda y echar una ojeada por el entorno de su apartamento. Se contuvo y dedicó la mayoría del tiempo a preparar platos de cocina que siempre había deseado elaborar. Estaba empezando a encontrar la parte positiva de poseer todo el tiempo libre, aunque a veces el agobio se instalaba como una losa sobre él y le impedía disfrutarlo.


El fin de semana pasó como un tren de alta velocidad por una estación sin parada y Armando se instaló en el balcón con la intención de verificar si aquella mujer que le hizo sentir la sensación de vuelco en su corazón era Paula. Ajustó bien las lentes y sí; efectivamente era ella. Ahora lo sabía, pero no tenía muy claro lo que tenía que hacer. Notaba que se reprimía y como un relámpago se dejó llevar. Corrió por las calles paralelas calculando todos los factores para provocar el encuentro. Justo antes de encontrarse con Paula y su hijo, aminoró la marcha y se pasó la mano por el poco pelo que le quedaba. Quería causarle buena impresión, pero que pareciera que el encuentro fuera fortuito. Al girar la esquina se la encontró de frente. Ella lo miró, lo reconoció y bajo la vista.


-Hola-dijo Armando parándose para saludarla.


-Hola-dijo Paula sin aminorar la marcha y casi arrastrando al pequeño por el brazo. Armando la observó. Ella ya había ganado una distancia considerable respecto a él.


-¡Paula!, ¿no me reconoces?


-¡Sí, sí le reconozco!-gritó ella para que lo escuchara y siguió calle abajo sin girarse ni un instante.


-¡Por qué no te paras!


-¡Porque tengo prisa!


Si Paula no hubiera contestado, Armando se hubiera deshecho de aquella alocada idea de enamorarse de ella, pero aquel porque tengo prisa abrió una puerta de esperanza para él. A partir de entonces decidió espiarla para conocerla mejor y retrasar el siguiente encuentro que, cómo no, parecería accidental. Empezó por postrarse en el balcón con los prismáticos en la mano todas las horas de entrada y salida del colegio. Por la calle la seguía disimuladamente. Cuando se adentraba demasiado en el barrio de Paula daba media vuelta. Había por allí demasiados obreros despedidos de Walter Wass & Co. que lo podrían reconocer. Ahora estaba en su misma situación, pero también lo está un policía que ha sido encarcelado con lo presos.


Los días iban pasando y sin darse cuenta Armando cayó profundamente enamorado. Tanto que casi olvidó ir a sellar la tarjeta del paro para continuar cobrando. No sabía que hacer para que Paula lo tomara en serio y no como el antiguo conocido que la despidió porque no tenía más remedio. Por las mañanas se ponía el despertador a las ocho y media para no faltar a la cita de la entrada del colegio, pero estaba inquieto. Ya no leía tanto y pasaba más horas, como un zombi, delante del televisor. Entonces, dentro de la amargura que le producía toda aquella situación y de saber que si no tomaba pronto una decisión podría acabar por desequilibrarse, pensó que tenía poner las cosas en su sitio. Esta vez fue al encuentro de Paula después de las nueve. No quería que el niño estuviera delante. Como ya tenía calculado el recorrido esta vez corrió menos.


-Paula.- La chica se asustó ante tan repentina pronunciación de su nombre. Armando estaba parado en frente de ella con una amable sonrisa en los labios. Ella cabeceó y lo apartó suavemente de su camino con un brazo. Siguió calle abajo. Armando se quedó prendado al verla de espaldas.- ¡Paula, por favor!-, pero ella hizo caso omiso de la súplica del hombre. Decidió seguirla. Esta vez no se escondía y ella se giraba de vez en cuando al sentir su presencia.


De nuevo abandonó la persecución en los aledaños del barrio obrero. Regresó a su apartamento consciente de que aquella mujer lo había desequilibrado por completo. Al caer la noche los remordimientos de los actos cometidos durante el día se postraron sobre él. En medio de aquella noche apacible, Armando, sufría de desconsuelo y de amor, sudoroso sobre el edredón.


Un desfile de disparatadas ideas cruzaron por su mente a través de la noche. El momento más doloroso fue cuando un sentimiento de acosador se apoderó de él. Nunca se le ocurriría comportarse como tal, pero al analizar por enésima vez el encuentro con Paula surgió la duda. En aquel punto traumático de clarividencia la opresión en su corazón llegó al límite que un ser humano pueda soportar. A pesar de sentirse mal en todo su ser, se quedó dormido. Con las primeras luces del día la serenidad rozó su maltrecho espíritu. Tan solo necesitó una ducha para tonificar su cuerpo. Mientras desayunaba analizó fríamente la situación. Paula no quería saber nada de él, eso estaba claro. Él era consciente de la atracción que aquella muchacha ejercía sobre sus sentimientos. Debería ser cauto y no cometer una estupidez. Decidió permanecer en casa las horas en que ella apareciera por el colegio y evitar cualquier encuentro. Se limitaría a observarla con los prismáticos. Tenía miedo de no poder contenerse si la volviera a ver de frente, en la calle. También hizo un repaso por su memoria para encontrar algún recuerdo que justificara el rechazo de Paula, a través de alguna situación ocurrida en Walter Wass & Co. Pero no relacionaba nada. Y era esto lo que más le inquietaba, porque nadie repulsa de manera tan contundente a un viejo conocido.


La imagen de Armando en el balcón a las horas de entrada y salida del colegio empezó a ser corriente entre sus vecinos. A nadie le preocupaba que mirara con los prismáticos hasta que un día empezó a masturbarse. Armando recibió una contundente denuncia y quedó sumergido en un estado de vergüenza y arrepentimiento. Tardó varias semanas en salir del apartamento. Aunque menos al balcón.


Se había obsesionado tanto con Paula que la veía por todas partes. Incluso en el espejo de su baño. Cada vez se le hacía más difícil controlar la situación. Era consciente de lo que le pasaba, pero de vez en cuando cometía un desliz. Como el día que buscó el teléfono de Paula en la guía. Marcó los números y esperó en silencio a que la mujer descolgara. Sonaron tres tonos y entonces le contestó la voz de un niño.


-Hola, ¿quién es?


-Hola, ¿está tu mama?


-¡Mamaaaá!


Armando escuchó el frotar del auricular, supuso por encima de un sofá. Luego oyó la voz de Paula que le preguntaba al pequeño ¿quién es? Y su hijo respondía: un señor. Paula cogió el teléfono.


-¿Quién es?- Por un momento Armando notó que su valor se esfumaba y no se atrevía a contestar. Paula volvió a preguntar- Oiga, ¿quién es?- Y cuando estuvo a punto de colgar sonó un débil hilo de voz desde el otro lado de la línea.


-Paula.


-Sí, soy yo- contestó enérgicamente.


-Soy Armando de Walter Wass & Co.


-Pero bueno. Ya está bien. Voy a tener que llamar a la policía.


-No es lo que te imaginas, Paula. Estoy enamorado de ti.


-Usted está como una cabra.


-Sí, por ti. Te amo con locura. No puedo vivir sin ti.


-Se lo digo por última vez. Si vuelvo a saber algo de usted lo denuncio.-Y colgó el teléfono con todas sus fuerzas.


Armando quedó estirado en la butaca. Tenía el auricular del teléfono cogido con las dos manos y lo apretaba contra el pecho. Unas pequeñas gotas brotaron tímidamente de sus lagrimales tantos años en desuso. Sentía el verdadero dolor humano. La aflicción de un amor no correspondido. Permaneció en ese estado varias horas. Su vida había perdido todo el sentido. Sólo se levantó para encender el televisor. Era la forma más fácil y cómoda de entretenerse. No cambió ni una sola vez de canal y absorbió toneladas de publicidad. Al cabo de unas horas tenía los ojos vidriosos y le escocían. También notó una sensación como si el cerebro se le hubiera entumecido. Decidió esperar a que se hiciera de día para que todos aquellos demonios que le poseían se desvanecieran con las primeras luces del alba.


Aquella mañana bajó antes de las nueve a buscar el pan. Todavía causaba tímidas sonrisas entre sus vecinas a causa del episodio de la masturbación en el balcón, pero él trataba a todo el mundo con respecto y amabilidad. Volvió a su apartamento. Subió en el ascensor. Las puertas se abrieron y caminó por el pasillo. Llegó ante su puerta y sacó las llaves del bolsillo. En ese preciso instante sonó el teléfono en el interior. Abrió lo más rápido que pudo y se abalanzó sobre él. La voz de un hombre sonó al otro lado.


-Hola, buenos días, ¿es usted Armando, el de Walter Wass & Co.?


-Sí, el mismo, pero ya no trabajo allí.


-Sí, ya lo sé. De eso se trata. Le llamo de Descartes Vacunos, S.A. Es por una oferta de trabajo. Pásese por nuestras oficinas.


-Así lo haré, gracias.


-Gracias a usted.


Pasaron los meses y Armando había encajado perfectamente en su nuevo empleo. Una mañana, mientras desayunaba junto con sus compañeros, uno de ellos le preguntó.


-Armando, tú que has estado en el paro cerca de un año, cuéntanos, ¿qué tal es la crisis?


Entonces Armando se acordó de Paula y con la vista perdida contestó a sus expectantes compañeros:


-Muy mala, señores. La crisis es muy mala.- Bajó la cabeza y mojó el cuerno del cruasán en el café con leche.


LA MISTERIOSA DESAPARICIÓN DEL CÉLEBRE ESCRITOR ELISENDO CAMPS



Elisendo se preparó a conciencia las respuestas para la entrevista. A causa del éxito de su último libro estaba en boca de todos los medios de comunicación. La emisora de radio que le había invitado tenía una filosofía muy distinta a la del autor consagrado y Elisendo se temía lo peor. Llegó una hora antes en taxi y acompañado de su agente. Claudia había apostado por él desde el principio y ahora recogía los frutos de manera desorbitada. Después de la amarga entrevista fueron a desquitarse a un restaurant de moda en el centro de la ciudad.


-Que mala es la envidia.-Comentó Elisendo.


-Sí, pero tu entrevista les ha hecho subir audiencia.


-Pero me ha destrozado, Claudia.


-Tranquilo. Mira los datos de las ventas de tu libro para animarte.


Claudia le extendió un documento donde estaban registrados los datos del último mes.


-No veas.-Dijo Elisendo.


Después de comer Claudia se despidió de Elisendo delante de casa de éste. Aún seguía viviendo en el barrio de siempre, aunque ya estaba buscando una finca en una lujosa zona residencial. Antes de que el taxi arrancara, Elisendo, dio unos golpecitos en la ventanilla. Claudia la bajó.


-¿No quieres subir a echar la siesta?


Claudia sonrió y negó amablemente con la cabeza.


-Tengo trabajo, cariño.-Y subió la ventanilla mientras lo miraba y el taxi arrancaba.






Elisendo entró en casa. El suelo estaba repleto de cajas empaquetadas. Lo tenía todo preparado para la inminente mudanza. En el centro de la salita sólo conservaba una mesa y una silla. El piso era oscuro, pero bien distribuido. Encima de la mesa estaba el portátil siempre listo para plasmar las ideas. También una libreta de notas y un bolígrafo. Entró en la habitación y se estiró en la cama. Le vinieron a la cabeza varias historias con las que trabajar, pero estaba cansado y, por el momento, no le hacía falta escribir. Meditó cómo había conseguido el éxito. Todo gracias a aquella descabellada idea de escribir sobre una versión de la Biblia. Todo ocurrió una noche que se hospedó en un hotel que, a imitación a los de Estados Unidos, obsequiaba a sus inquilinos con una copia del libro sagrado sobre la mesita de noche. Elisendo lo ojeó por encima. No estaba muy interesado en su lectura. Pero anotó un poco de aquí y un poco de allá y confeccionó una novela de éxito mundial. Nada de lo que había escrito antes tuvo ni la más mínima resonancia, a excepción de un par de relatos publicados en una revista literaria dirigida por un amigo de la infancia. Pero de repente se encontró con aquel manuscrito que quemaba en las manos de los editores que lo recibieron. Después llegó Claudia. La reina de las negociaciones con aquellos empresarios del papel. Y Elisendo acertó al confiar en ella, ya que aquella novela lo hizo millonario y famoso en el mundo entero.


Se dio cuenta de que en realidad estaba solo. Consideraba que no tenía familia, aunque todavía le quedaba un sobrino del que nunca tuvo noticias. Esperaba tenerlas al ser famoso, pero aquel chiquillo nunca dio señales de vida. Elisendo hizo un esfuerzo para levantarse de la cama, pero se quedó dormido. Un sudor frío se apoderó de él, causado por un sueño que lo mantenía en vilo. De repente aparecía desde la otra parte del mundo un hombre menudo vestido con un poncho y un sombrero de vaquero, con los derechos de su obra en la mano. Con una fecha de registro anterior a la suya. El sudor resbalaba por su cuerpo empañando las sábanas. Despertó de golpe como si una mano le obstruyera la boca y la nariz impidiéndole respirar. Miró el reloj. Había dormido dos horas de siesta. Mientras se dirigía al lavabo hizo un alto en la mesa y anotó en la libreta algunos datos del sueño. Siempre lo hacía cuando éste le causaba una fuerte impresión. Después tomó una ducha. Se vistió y conectó el portátil. Navegó por las páginas dónde pudiera encontrar reseñas de su novela y leyó los comentarios de los lectores. Cuando encontraba alguno que no le gustaba contestaba de manera agresiva haciéndose pasar por un usuario anónimo. Después votaba fraudulentamente en todas las encuestas sobre su novela e incluso pedía información para hacerse con ella desde un lugar remoto. Después entraba en su página para deleitarse con la gran cantidad de visitas recibidas y por último abría el correo. Tenía un buzón sólo para los admiradores en los que se agolpaban miles de mensajes a diario. De un solo clic los borraba. Luego repasaba los de cierta importancia, pero los únicos mensajes que le interesaban eran los de Claudia y sus constantes buenas noticias.


Sonó el móvil. Dentro de diez minutos lo recogería un taxi para ir a cenar. Aquella noche tocaba velada literaria. A Elisendo le gustaban este tipo de actos porque así podía refregar su éxito ante los demás de manera más directa. Claudia siempre lo acompañaba y lo frenaba cuando se sumergía en el éxtasis desbocado por su fama. Aquella noche se podía considerar un autor novel ante tantas figuras y leyendas de la literatura reunidas en aquella cena. Rezumaba en la sala una fuente de sabiduría y pasión por las letras. Incluso habían asistido un par de figuras octogenarias que aún lucían despejada la mente. Pero el aura de Elisendo hacía que todo tomara un aspecto más espectacular y glamouroso.


Grupitos de editores y agentes se pavoneaban en torno a él y Claudia, intentando llamar su atención. Incluso hubo alguien que le pedió un autógrafo sin necesidad. Después de aquella velada Elisendo se instaló en una nube purpúrea. Se sentía levitar sobre el resto de los mortales. Había conseguido lo que cualquier escritor anhelaba toda la vida. Aquella noche la pasó hasta el amanecer en el apartamento de Claudia. Hicieron el amor hasta quedar rendidos. A las primeras luces del alba Elisendo miró por la gran vidriera que daba al exterior. Desde allí gozaba de una vista panorámica del hermoso centro de la ciudad. Las calles estaban vacías y sólo un camión de la limpieza que regaba el asfalto circulaba ajeno a las miradas de Elisendo.


Pasó el mes de promoción de la novela y todo, menos la cuenta bancaria de Elisendo, volvió a la normalidad. Ya no había más actos públicos y empezó a desaparecer el interés por la novedad. Claudia le recomendaba que no se dejara influir por el cambio de situación. Le explicó que era la manera natural del flujo de estos asuntos y le aconsejó que se concentrara en escribir una nueva novela. Elisendo se había acomodado y le comentó qué tal si reunía unos cuantos relatos que tenía escritos y los publicaban aprovechando el tirón. Pero Claudia le dijo que no. Ahora era demasiado importante como para no presentar una nueva obra inédita. Él dijo que se extrañaba ya que muchos lo hacen. Claudia no consintió y casi amenazante le obligo a escribir. Elisendo aceptó a regañadientes, pero no sin antes informarle de que estaría un par de meses de viaje. Disfrutaría un poco del dinero que había ganado y además recogería experiencias para después plasmarlas en su obra. Claudia estuvo de acuerdo. Entendía que lo merecía. Elisendo la invitó a que la acompañara, pero Claudia se excusó escudándose en su ajetreado trabajo. Una semana después lo acompañó al aeropuerto rumbo al Caribe. Una vez allí, Elisendo recorrió todas las islas. Incluso las costas de México y Panamá. Pasó desapercibido menos en un par de ocasiones en la que no se pudo despegar a un grupo de curiosos que no paraban de agasajarlo. Como siempre, las vacaciones pasaron rápidas. Uno no se acaba de habituar cuando ya se tiene que marchar. Nada más desembarcar en la Terminal llamó a Claudia. Ésta le dijo que no podía ir a buscarlo, que ahora mismo estaba ocupada. Él, que bueno, que no hay problema. Elisendo tomó un taxi que lo llevó hasta su piso. Decidió que ya no viviría más allí. Así que cerró la puerta y se registro en un hotel cercano con un nombre falso. Aunque tuvo que darle los datos verdaderos al director que le prometió la máxima discreción. La habitación del hotel era amplia y soleada. Contaba con un despacho y una habitación con baño. Suficiente para él. Se instaló y pidió que le subieran unos mejillones al vapor y una botella de vino blanco. En la paz y la quietud de aquella habitación del hotel se fue fraguando la idea. Elisendo se propuso escribir una nueva novela del tirón. Y así lo hizo. Trabaja unas doce horas al día y a medianoche salía a dar un paseo por las calles desiertas. El resto de la vida la hacía en la habitación. Cuando se sentía un poco vago navegaba por la red. Cada vez encontraba menos comentarios sobre él. Igual que las noticias, de las que había desaparecido por completo. Los correos dejaron de ser frecuentes. Mejor, pensó. Así su éxito sería más sonado en el momento de su aparición con su nueva novela.


Trabajaba sin descanso. Encontró el punto en que explotar su inspiración. Escribió durante una semana sin pegar ojo. Sólo le hacía falta encontrar un buen final para ligar tan estupenda trama. Decidió descansar. Se acostó en la cama y estuvo durmiendo dos días seguidos. Cuando se despertó su fuente de inspiración se había agotado. Se sentó frente al portátil y abrió el correo. Vacío. Había estado cinco meses sin consultarlo y no encontró ningún mensaje. Ni siquiera Claudia se interesó de cómo iba el trabajo. En un principio no le gusto que nadie se hubiera dirigido a él, pero inmediatamente pensó: Ya vendrán, ya.


Elisendo llevaba un año y medio encerrado en aquel hotel. Cada mes pagaba religiosamente la cuenta de la habitación, así que nadie le molestaba. Una mañana se despertó apremiado por una idea lúcida para concluir la novela. Visionaba las escenas finales como si las tuviera delante. Entonces se levantó de la cama en busca del bolígrafo y la libreta de notas. Había que escribir aquello antes de que se disipara de su mente. Apoyó el pie izquierdo en la alfombra y tomó impulso. Cuando estuvo de pie cayó al suelo de bruces. Su pierna derecha había desaparecido. Simplemente no estaba allí. No estaba cortada ni tampoco se apreciaba ningún muñón. La base dónde debería estar la pierna estaba cubierta de piel. De la misma que le cubría todo el cuerpo. Era como si la pierna nunca hubiera estado allí. No le dolía. Tampoco tenía la sensación de mover un miembro amputado. La pierna se había esfumado. Por un momento se asustó, ya que temió haber olvidado el final de la novela tras el incidente. Hizo un ejercicio de memoria y se tranquilizó al volver a visualizarlo. Se arrastró hacia el escritorio. Apoyándose con las manos logró sentarse en la silla. Pasó quince horas trabajando sin descanso. Cuando estuvo seguro de tenerlo todo atado pensó en coger el teléfono y llamar a Claudia, pero estaba agotado y arrastrándose como una serpiente se acostó en la cama. Tuvo un sueño. Caminaba por el desierto solo. Luego llegó a la ciudad. No había nadie. Caminó un poco más y en mitad de una gran avenida encontró a Claudia sentada en una mesa de despacho. Ajena a la calle desierta revisaba unos documentos. Elisendo se acercó corriendo hacia a ella. Apoyó las manos en la mesa. Ella parecía no verlo. Elisendo quiso decirle algo, pero su voz era muda y por mucho que intentara alzarla ningún sonido salía de ella. Claudia seguía con su trabajo. Al final él le cogió suavemente la cabeza con sus manos. Intentó que sus ojos se cruzaran. Parecía una tarea inútil, pero al final, cuando sus miradas se cruzaron ella sonrió y le habló: Lo siento, te he olvidado. Ahora no sé quien eres. Y empezó a reírse como una loca. Elisendo despertó empapado en sudor. Pero aquel sueño había sido intenso y tenía la obligación de anotarlo. Se giró para encender la lámpara de la mesita de noche. No lo consiguió. Su brazo izquierdo había desaparecido. Giró su cuerpo sobre la cama y la encendió con la mano derecha. Tampoco aparecía ningún corte ni señales de una pérdida traumática del miembro. Había desaparecido igual que la pierna. Se levantó de la cama y se sintió un poco preocupado. Sin una pierna podía seguir viviendo, con dificultades, pero era factible. En cambio sin una mano su trabajo se ralentizaría. Necesitaba las dos para aporrear el teclado. Entonces sucedió algo incomprensible. Vio como desapareció el otro brazo delante de sus narices. Ahora si que estaba horrorizado. Parecía un flamenco suspendido sobre una sola pierna. Aguantó el equilibrio y dando saltitos se dirigió hacia la mesita. Su pavor se agudizó al chocar el tronco violentamente contra el suelo. Había desaparecido la otra pierna. Allí tirado se arrepintió de haber rechazado el servicio de habitaciones. Lo siguiente en desaparecer fue el cuerpo. Unas horas más tardes lo hizo la cabeza. Aún así seguía consciente. Su cuerpo se había desvanecido. Había pasado de tener fama a caer en el más aplastante olvido con unas consecuencias funestas. Así pasó sus últimas horas. Con sus extremidades invisibles esparcidas por la habitación del hotel. Falleció por inanición. Como la habitación se seguía pagando nadie se preocupó por él.


Otros autores triunfaban en aquel momento y quedó eclipsado.


Incluso Claudia estaba tan ocupada que no reparó en la novela pendiente de Elisendo. Seguía con sus asuntos entre los empresarios del papel impreso. Un día mientras ordenaba unos papeles antes de salir a comer con el último autor de éxito recibió una llamada. Era un chico joven. Al principio le costaba a hablar. El tono de Claudia aún se lo dificultaba más. Parecía que la mujer le dijera directamente: Chico, desembucha ya. Yo no estoy para perder el tiempo. Claudia tenía el móvil junto a la oreja mientras caminaba por el despacho.


-¿Sí, quién es?


Por un momento el chico pensó en colgar.


-Soy Ovidio. El sobrino de Elisendo Camps.


Entonces le vino una ráfaga de recuerdos y se dio cuenta de que se había olvidado completamente del escritor.


-Ah, vaya, ¿cómo has conseguido este número?


-Buscándolo por Internet.


-Y dime, ¿qué puedo hacer por ti?


-Verá usted, hace tiempo que no se nada de mi tío. Antes encontraba noticias de él hasta en la sopa.-Y era cierto. Elisendo protagonizó un anuncio de una conocida marca de sopa aprovechando el tirón de su éxito.


-Es verdad, ¿y qué más?


-Pues, verá. Cuando acabé el bachillerato entré a trabajar en una imprenta. El destino quiso que uno de los trabajos fuera la impresión del último libro de Elisendo. Así que mis compañeros empezaron a bromear con que tenía un familiar famoso, ya que tenía el mismo apellido que yo.


-Entonces te llamas Ovidio Camps.


-Efectivamente, señora. Al principio reaccioné con buen humor a la broma, pero de repente fue como si un recuerdo remoto se hubiera reanimado en mi interior y me quemase como una brasa. Hice unas cuantas averiguaciones y descubrí que Elisendo Camps era mi tío. Lo mantuvo en secreto, pero fue él se hizo cargo de todos mis gastos, aún cuando era un escritor de poca monta.


-Vaya, vaya. Que callado que se lo tenía Elisendo.


-Por eso la llamo, porque necesito su ayuda.


-No te preocupes, Ovidio. Haré todo lo que esté en mis manos.


-Me quedo tranquilo, señora. Ya sé que lo hará.


Claudia colgó el teléfono. Estuvo varios minutos en silencio y quietud. Pensaba. Después de analizar cómo pudo cometer un olvido tan flagrante empezó a buscar la forma de dar con Elisendo.


A la mañana siguiente apareció en todas las portadas de los principales diarios la noticia de la desaparición desde hacía un año del célebre y premiado escritor Elisendo Camps. También los informativos y los programas de sociedad televisivos se hicieron eco de la noticia. Millones de correos electrónicos se cruzaron buscando información entre los usuarios de la red. Tan fuerte fue la presión mediática de la búsqueda que no le quedó más remedio al director del hotel dónde se hospedó Elisendo que llamar a Claudia.


-No está desaparecido, señora. Me dio órdenes expresas de que guardara su anonimato.


En menos de una hora Claudia estaba esperando delante de la puerta de la habitación. El director sacó la llave maestra y la abrió. Todo estaba en orden excepto una fina capa de polvo que lo cubría todo. Allí se encontraba el portátil. La libreta de anotaciones junto el bolígrafo. Su ropa. Todo menos el escritor. Un montón de folios bien apilados llamó la atención de Claudia. Se acercó sigilosamente para analizarlos. Era el manuscrito de la última novela. Sin que el director del hotel se diera cuenta lo introdujo en su bolso. Al cabo de poco tiempo abandonaron la habitación. Mientras el director volvía a cerrar la puerta con la llave se dirigió a Claudia.


-Es extraño. Él sigue pagando de manera puntual la cuenta de la habitación.


Claudia le dirigió una amable e hipócrita sonrisa.


-Ya sabe usted lo excéntricos que son los escritores. Ya verá que pronto dará señales de vida.


Pero pasaron los años y Elisendo no apareció. Una mañana mientras Claudia colgaba el chaquetón en la percha de su despacho decidió llamar a Ovidio Camps. Conversaron como lo hacían en los últimos años. Siempre en torno a la extraña desaparición del famoso escritor. Pero llegó un punto en el que Claudia añadió:


-Tengo el último manuscrito de tu tío. Hace tiempo que lo recuperé y me gustaría publicarlo, pero necesito tu consentimiento como único familiar reconocido.


Ovidio se frotó las manos mentalmente saboreando los futuros frutos de tan suculenta proposición.


-De acuerdo. Prepara los documentos.


El lanzamiento de la última novela de Elisendo Camps fue todo un éxito. Batió el record de ventas de toda la historia. Había un ejemplar en todos los rincones del planeta. Todos los medios de comunicación hablaban de él y volvió a ser un fenómeno social en Internet. Claudia y Ovidio nunca soñaron con la fortuna que obtuvieron. Pero seguía sin haber ni rastro de Elisendo. Empezaron a crearse rumores de que lo habían visto en Groenlandia o cazando mariposas en Sudáfrica. El paradero del escritor empezó a ser uno de los grandes misterios de la humanidad. El director del hotel no quiso dejar pasar la oportunidad. Sabía que tenía un filón por explotar con aquella habitación que misteriosamente continuaba pagándose. La causa era que la cuenta, en la que estaba domiciliado el pago, contenía tal cantidad dinero que podría cubrir hasta cien años de alquiler. El director del hotel consultó durante dos noches con la almohada y a la mañana siguiente envió a una asistenta a limpiar la habitación, rogándole, eso sí, que no tocara nada, que lo dejara todo como estaba. La rechoncha asistenta se limitó a asentir. Después se dirigió al cuarto de mantenimiento a buscar el carrito de la limpieza. Circulaba garbosa por el pasillo rumbo a la habitación. El único misterio que encerraba aquella habitación para los empleados del hotel, excepto el director, era que siempre permanecía cerrada. La mujer introdujo la llave y empujó la puerta para que esta ésta se abriera completamente. Así pudo divisar la habitación completa antes de entrar. Cuando entró en la pieza donde estaba la cama y la mesa con el portátil se le congeló la sangre y casi sufre un infarto. Los huesos de un cuerpo humano estaban esparcidos. Una pierna por un lado, un brazo por el otro; el cráneo debajo de la mesa. Los restos de Elisendo habían reaparecido igual que su éxito.


EMILIO Y EL POLLO


Es noche cerrada. Un coche espera a las afueras de la granja con las luces apagadas y el motor a ralentí. Una mujer camina a oscuras por el interior de la casa. Lleva una maleta a cuestas. Entra en la habitación del niño y con una lágrima en la mejilla le da un beso. El niño se retuerce bajo el edredón. Ella lo observa por última vez. Baja con cuidado por las escaleras y sin hacer ruido entra en la cocina y abre la puerta que da al patio. Desde el exterior escucha los últimos ronquidos de su marido mientras se dirige al coche. El motor apenas se oye y en el interior la espera un hombre. Ella abre la puerta y se sienta. Sus miradas aceptan la decisión y se besan con ardor. La noche es oscura y la sombra de la Tierra pega de lleno en la Luna. Un manto brillante de estrellas cubre el cielo negro como si fueran motas de polvo. El coche avanza despacio por el camino con las luces apagadas hacia un rumbo desconocido.







A Emilio le gustaba perseguir a las ratas de campo por el sótano de la casa. De pocas diversiones disfrutaba. Como la de sorprender a la zorra en el gallinero. Se escondía con el tirachinas preparado y esperaba con paciencia antes de disparar. Desde que su madre se fugó no había vuelto al colegio. Su padre tampoco se preocupó de llevarlo y nadie vino a buscarlo. Tampoco se acercaba al pueblo, a no ser por necesidad. Presentaba un aspecto desabrigado y su piel cubría con esfuerzo una visible osamenta perfilada, aún más, por la extrema delgadez que padecía. Los pelos de su cabello rojizo parecían alambres curvados cubiertos de óxido. Pero su rasgo más destacado eran aquellos ojos como platos de una negrura apabullante. Poseía una mirada aguda y sincera que eclipsaba la imperfección de su rostro repleto de pecas. Hacía poco que se le cayó el último diente de leche y una dentadura desproporcionada poblaba su boca. Vestía con una camisa de franela desgastada y unos pantalones remendados por él.


Corría como una alimaña por la granja, siempre intentando dar caza a algo comestible. El espacio entre la casa y el granero estaba cubierto de hierbas altas que habían crecido libres. Los árboles frutales que habitaban en el jardín estaban repletos de tallos bordes yermos de frutos. Lo único que el padre de Emilio conservaba dentro de aquella ruindad era el gallinero. Les proporcionaba huevos frescos que eran la base de su alimentación.


Emilio entró en la cocina. Sus paredes estaban ennegrecidas a causa de un pequeño incendio que pudieron sofocar, padre e hijo, en el último momento. Buscaba un cazo para hervir agua en una pequeña hoguera que había encendido en la parte trasera. Había aprendido de la importancia de crear un círculo de piedras alrededor del fuego para evitar su expansión en aquel mar de hierbas secas. Se disponía a cocer un par de huevos que había recogido por la mañana.


En el centro del camino que conducía de la casa a la carretera estaba aparcada indefinidamente una camioneta averiada. Los neumáticos llevaban desinflados tres años y una noche de ira el padre de Emilio destrozó el parabrisas y los cristales de las ventanillas. Aún así era el sitio preferido del hombre para dormir tras los excesos con el alcohol. Allí pasaba la mayor parte del día. Cuando se despertaba en la camioneta lo primero que hacía era ir al gallinero. Daba de comer a las gallinas con malas hierbas y un poco de pan duro que rapiñaba por ahí. Emilio prefería mantenerse lejos del hombre. Sobretodo cuando hacía poco que se había despertado. Aún así le gustaba observarlo. El padre de Emilio recogía los huevos y los sacaba del gallinero. Siempre los dejaba en un sitio diferente. Entonces Emilio aprovechaba la oportunidad y se apoderaba de dos o tres. Pero había una cosa que al niño le intrigaba. No entendía por qué su padre volvía a entrar en el gallinero y al cabo de una rato salía abrochándose los pantalones.


El gallinero era un pequeño cubículo de maderas clavadas entre sí. Tenía una pequeña obertura por donde las gallinas podían salir al exterior. Era un espacio enjaulado más bien por protección de los ataques de la zorra. Se accedía por una puerta de manera atrabancada de manera rudimentaria. En el interior las gallinas ponían sus huevos custodiadas por un viejo gallo de color blanco, de grandes pechugas, pero de poco cantar. A veces su padre salía del gallinero con una gallina muerta. Entonces el hombre la desplumaba y la cocinaba. Si aquel día Emilio tenía suerte disfrutaba de las sobras.


Cuando llegaron las primeras lluvias la desvencijada vivienda mostró sus carencias. Las goteras en muchos puntos de la casa se habían convertido en caños de agua incontenibles y había un par de paredes que parecían cataratas. Emilio se refugiaba en el sótano ya que al agua le costaba más llegar. Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y eso le facilitaba la caza de ratas. Lo peor era conseguir un sitio dónde cocinarlas ya que todo estaba mojado. Pero siempre acababa ingeniándoselas y nunca tuvo que comer la carne cruda.


Una vez al mes recibían la visita de Pérez, el veterinario. Era un hombre de avanzada edad con un aspecto muy desaliñado. Vestía un traje blanco cubierto de mugre. Aún así disfrutaba de una gran reputación entre los granjeros por sus conocimientos veterinarios. Aparcaba su coche enfrente de la camioneta. Luego vociferaba el nombre del padre de Emilio hasta que este aparecía por algún rincón. Emilio le tenía el mismo miedo que a su padre. Una vez intentó alcanzarlo para hacerle una revisión médica. Su padre y el veterinario reían como locos mientras observaban al niño zafarse por todos los medios. Pérez solía traer al padre de Emilio una botella de licor en cada visita. Los dos hombres la descorchaban y se la bebían hasta dejarla vacía. Emilio también se extrañó de los viajes de Pérez al gallinero. Pasaba allí dentro un buen rato y luego reaparecía abrochándose los pantalones, como su padre. Pero Pérez siempre aparecía con una gallina muerta. Entonces los dos hombres estallaban en carcajadas que atemorizaban a Emilio. Aquellos seres no eran humanos para él. Aunque tampoco conocía lo verdadero de la humanidad.


Pasaron los días de lluvia y la hierba tomó aquella vitalidad expresada en el tono más verde que pudiera alcanzar. Empezaron a abundar los insectos y, como no, los reptiles. El padre de Emilio hacía dos días que no salía de la camioneta. El niño sintió curiosidad y se acercó sigilosamente a ver qué le pasaba. El hombre se encontraba estirado en el raído asiento del conductor con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta. Tres moscas se paseaban sobre su rostro. Emilio cogió un palo largo. Su instinto le decía que algo no iba bien. Se acordó de aquel perro que se encontró una vez muerto al lado de la carretera. La expresión de la cara de su padre le recordó aquel episodio. Introdujo el palo a través del hueco de la ventana. Le dio la impresión de que el cuerpo estaba rígido y éste le correspondió cayendo hacia un lado.






A su corta edad ya había aprendido a cuidarse solo, o por lo menos a sobrevivir. Todavía disponía del gallinero, aunque algunas gallinas ya habían pasado a mejor vida. Emilio no las alimentaba por una cuestión de ignorancia. Un día entró en busca de huevos. El gran gallo blanco se plantó ante él, pero estaba tan débil que no opuso ni la más mínima resistencia. Cuando Emilio se agachó a recoger los huevos se detuvo ante la sorpresa que le produjo el tamaño de uno de ellos. Era un huevo, de eso estaba seguro, pero era grandioso; igual que un melón. Lo cogió con las dos manos y salió corriendo hacia la parte trasera de la casa. Allí tenía instalada de manera permanente la hoguera. Agarró el requemado bote de metal que utilizaba para cocinar y se dirigió a la charca en busca de agua para cocer el huevo.


Cuando regresó encendió el fuego. Las piedras que formaban el círculo de protección parecían de carbón de lo negras que estaban. Entonces al tomar el huevo notó una pequeña vibración. Se tornó cada vez más intensa hasta el punto que se sintió tentado a dejarlo caer. Pero en vez de eso lo apoyó con suavidad en el suelo. De repente el cascarón se resquebrajó y Emilio pudo ver un pollo del tamaño de una gallina. El niño tenía los ojos como platos y estaba paralizado ante el acontecimiento. El pollo movió la cabeza lentamente y emitió un sonido más parecido al balar de una oveja que al piar de los pollitos. Pero lo que más impresionó a Emilio fueron aquellas orejas. Tenían forma humana. Había asistido al nacimiento de un pollo con orejas.


Al cabo de una semana el pollo ya había conseguido tener el plumaje de un ejemplar adulto. Seguía a Emilio por todos lados. Al principio al niño no le gustaba por lo extraño de su aspecto. Y lo que más nervioso le ponía eran aquellos lamentos que producía. Aún así lo aceptó como compañero.


Una tarde fueron al gallinero a buscar huevos. Al pollo no le hacía mucha gracia entrar en aquel cajón gigante de madera y se quedó por fuera. Emilio entró y se encontró con los restos de muerte que había dejado la zorra a su paso. Tuvo el descuido de no cerrar bien la puerta y el depredador lo aprovechó. No quedaba nada que se pudiera aprovechar. Emilio salió del gallinero y profirió unos comentarios ininteligibles, ya que a su corta edad todavía tenía dificultades para hablar. El pollo arrimó las orejas intentándolo entender. Emilio recogió los restos de carne mezclados con las plumas. Formó un cuenco con las manos para transportarlos. El pollo se decidió a entrar en el gallinero para ver que había pasado. Lejos de espantarse picoteó todo lo que pudo.


Se habían quedado sin abastecimiento de huevos, pero un sin fin de pequeños animales e insectos corrían por el campo.


Una cálida mañana Emilio y el pollo jugaban entre las hierbas persiguiendo mariposas. Se habían acostumbrado uno al otro como si fueran hermanos. Los balidos del pollo cada vez se parecían más al sonido de las palabras. Ambos se divertían por los alrededores de la granja. Pero el juego que más misterio les ocasionaba era aproximarse a la camioneta donde reposaba el cadáver putrefacto del padre. Desde una distancia prudencial Emilio hurgaba con un palo la carne en descomposición. A veces el pollo no podía resistir la tentación de picotear las partes desmembradas del granjero. Un día mientras experimentaban con el cuerpo muerto el pollo levantó la cabeza y escuchó con atención en dirección al camino. Después de una manera primitiva emitió un sonido que se parecía a Corre.


Emilio y el pollo corrieron a esconderse entre la maleza. Por el camino vieron acercarse el coche de Pérez.


El veterinario bajó tambaleándose y dejó la puerta abierta. Llevaba una botella en la mano. Llamaba al padre de Emilio. Ellos seguían quietos fuera del alcance de Pérez. Entonces el veterinario se acercó a la camioneta. Al principio se llevó el antebrazo a la nariz para protegerse del mal olor. Acto seguido empezó a vomitar asqueado por el aspecto del granjero. Pérez se dirigió corriendo hacia su coche y tropezó varias veces cayendo de bruces en el suelo. A pesar de todo pudo levantarse y subirse al coche. Emilio y el pollo observaron el rastro de polvo que levantaba por el camino.


Por la noche se refugiaban en el sótano. Antes de dormirse jugueteaban y Emilio le acariciaba las orejas al pollo. Se sentía a gusto. Se acurrucaba en el regazo del niño y se quedaba dormido. Las noches eran tranquilas en la granja. Sólo el sonido de las maderas resquebrajándose irrumpía de vez en cuando. Pero, a pesar de la fragilidad, la ruinosa construcción les proporcionaba un hogar confortable. A veces se escuchaban los pasos sigilosos de la zorra por la parte superior de la casa merodeando. Y desde la desaparición de los habitantes del gallinero se oían menos alborotos nocturnos.


Cuando el grillo dejaba de cantar y en breve comenzaba la cigarra se suponía que era de día. El primero en despertarse era el pollo. Pero protegidos por la oscuridad del sótano permanecían aletargados hasta que el punzón del hambre se les incrustaba en el estómago. Entonces emergían como dos cazadores famélicos en busca de todo lo que fuera comestible. Aquella mañana antes de salir del sótano escucharon pasos en la planta superior. Se quedaron agazapados uno junto al otro hasta que la luz de una linterna los enfocó. Emilio tapó con un saco al pollo antes de que pudieran verlo. Después un agente de policía lo tomó de la mano y lo llevó al exterior. Emilio nunca había visto a tanta gente, aún así mantuvo la compostura. En el camino de la granja había aparcados dos coches de policía, el coche de Pérez y un gran coche lujoso en el que pudo apreciar a un hombre con sombrero y una bella mujer en el interior que al ver a Emilio se bajó del coche y fue corriendo hacia él, a pesar de que los tacones de sus zapatos se clavaban en el fango del camino. Por fin su madre había venido a buscarlo. El hombre del sombrero bajó del coche y sonrió al ver como la mujer abrazaba al niño.


Pérez permanecía quieto frente a la camioneta mientras un policía marcaba el perímetro con cinta. Definitivamente se apoderaría de la tierra del granjero tras acordarlo con la mujer fugada a la que sólo le interesaba recuperar al niño.


El jefe de policía envió a un agente a inspeccionar la granja. Estaba abandonada y nadie se explicaba cómo Emilio había podido sobrevivir allí. Empuñó el arma con una mano y bajó al sótano. Su experiencia le enseñó a protegerse ante lo desconocido. Lo hizo despacio. Como si fuera a encontrar allí abajo a un asesino en serie. Con la otra mano aguantaba la linterna. El sótano apestaba como un gallinero. Hizo la última inspección ocular antes de dirigirse de nuevo a la escalera. Entonces escuchó un leve sonido. Era como el revolver de unas telas. Enfocó con la linterna y vio como un harapiento saco se movía. El policía permaneció en silencio apuntando con la pistola. Entonces apareció la imagen más horrorosa que había visto en su vida. Un pollo con orejas mecía lentamente la cabeza y dejó sonar un lamentó. En ese preciso instante el policía que tenía encañonado al pollo dejó que salieran de la pistola un total de seis disparos. Todos fueron a impactar a la cabeza del pollo que quedó destrozada y sin rastro de las orejas. Otro policía acudió en auxilio de su compañero al sótano al escuchar los disparos. Nadie lo creyó y fue objeto de burlas durante mucho tiempo por parte de sus compañeros. Mientras tanto, Emilio permanecía sentado en el asiento trasero del coche del hombre que acompañaba a su madre. Escuchó los disparos, pero no preguntó.


NOMENCLÁTOR


Aquella tarde acompañé a mi sobrino al parque a tomar un helado. Para mi hermana era Goyito, pero yo le llamaba Goyo y a él le gustaba; le hacía sentirse mayor. Disfrutábamos de un tiempo dócil y agradable y nos sentamos en una de las mesas del kiosco esperando a que nos sirvieran. Mi sobrino pidió una copa con tres bolas. Una de sabor a vainilla, otra de chocolate y una de nata. No podía imaginarme dónde iba a meter aquel niño de ocho años tanta cantidad de helado. Para mí pedí un corte de chocolate. Goyo devoraba las bolas mezclando los colores.



-Si sigues comiendo así pronto te harás mayor y tendré que llamarte Gregorio.-Le dije.


-No te preocupes.-No te preocupes repetí en silencio. Exuberante respuesta para un niño, pensé y seguí deleitándome con mi helado sin darle mucha más importancia. Luego Goyo acabó su copa y se marchó con un niño conocido a jugar a los columpios. Desde la terraza lo vigilaba sin necesidad de moverme.


Pájaros, sol, niños; demasiado tranquilo estaba yo. El corte de chocolate había llegado al estado en el que están a punto de juntarse las dos galletas. En el que tan sólo están separadas por una fina beta de helado. Al pasar la lengua por el filo de la humedecida galleta tuve la sensación de como si me la cortara. Observé con atención a lo lejos y allí estaba Goyo con su amigo. Una ligera brisa reconfortaba el ánimo de los que estábamos sentados a la sombra de los eucaliptos en la terraza del kiosco. En una de las mesas se sentó un grupito de madres. Charlaban entre ellas mientras los niños jugaban liberados por el parque. En otras, observé a una pareja de adolescentes con el rostro cubierto con unas gafas de sol y con síntomas de no haber dormido en toda la noche, un par de ciclistas que pararon a tomar un café, dos mujeres mayores que portaban un carrito de la compra cada una y que fumaban sin tragarse el humo mientras tomaban un vermú y un vagabundo que permanecía de pie a mi lado y no dejaba de mirarme. Al principio me sentí incómodo, pero poco a poco me fui acostumbrando. Hasta tal punto que lo miré un par de veces; fugaces, pero directas.


Era un hombre que rondaba los cuarenta, como yo. Llevaba el pelo largo, desaliñado y sucio. Igual que la barba. Olía mal. Su ropa también y su cabeza estaba guarnecida por un estrafalario sombrero de papel. Me había familiarizado tanto a su presencia que una de las veces que lo miré, de manera transitoria, le sonreí. Él continuaba derecho junto a mí. Me observaba en silencio y aquella cara transfigurada por la ruindad parecía no gesticular y no me devolvió amablemente la sonrisa. Lo único que percibí fue una leve inclinación. Escudriñaba mi rostro desde una perspectiva más cercana. Me estaba empezando a poner nervioso tantas miraditas. Esperé a que el dueño del kiosco lo echara de allí por importunar a los clientes, pero allí no aparecía nadie. Incluso la gente de las otras mesas parecía ignorarnos. Miré hacia los columpios para controlar a Goyo que seguía a lo suyo la mar de contento y después miré fijamente al mendigo.


-¿Le sucede algo?


El mendigo continuó observándome en silencio y estuve a punto de estallar de ira si no fuera porque, por fin, abrió la boca.


-Pero, Alberto, ¿no te acuerdas de mí?


Por unos instantes mi mente quedó en blanco. Se suponía que debía conocerle. Lo miré, esta vez seriamente, intentando buscar algo familiar en aquel rostro.


-Pues no, amigo. No tengo ni idea de quien eres, ¿pero, me conoces?


-Joder, Alberto. De toda la vida.


Estaba desconcertado y decidí seguirle el hilo.


-Es que no te reconozco.


-No te hagas el loco, Alberto.


-No, no. En serio. No se quien eres.


-Mírame bien. Quizás sea por la ropa por lo que no me reconozcas.


-¿Por la ropa?


-Sí señor. - Y me mostró con las manos los harapos con los que vestía como si hiciera una presentación de algo digno de ver. Después de aquello me dieron ganas de levantarme y hacer unos pasos a la ballonné compose para corresponder a tan extraña situación. Pero me contuve y como tampoco soy un virtuoso del ballet, me dirigí a él con toda la claridad con la que me pude expresar.


-Oye, ¿quién coño eres?


Me miró extrañado al escuchar el tono de mi pregunta.


-No seas mal hablado, Alberto. Soy Juan. Juan Barboso.


-¡Ah, hombre, Juan! Cuánto tiempo.-Al final decidí fingir que lo conocía y él sonrió al comprobar que lo había reconocido.


-Ya me estabas haciendo dudar. Pensaba “a ver si no va a ser Alberto…” Te imaginas, vaya corte me hubiera llevado.- Y rió. Yo lo imité. Pensé que si seguía aquel paripé él se marcharía. A lo lejos observé a Goyo que se acercaba corriendo hacia nosotros. Juan Barboso se percató.


-¿Es tú hijo?


-No. Es mi sobrino.


Goyo nos alcanzó y no sin disimulo contempló al vagabundo. Luego se giró hacia a mí.


-Tengo sed.-Saqué un euro y se lo dí al niño para que fuera a buscar un botellín de agua al kiosco.- ¿Quién es?-me preguntó.


-Un amigo mío.


-¡Que guay!-Y salió corriendo en busca del agua.


Juan Barboso y yo volvimos a quedarnos a solas.


-Y dime, Juan, ¿Qué situación te ha llevado a este extremo?


-Ninguna.


-¿Cómo?


-Ninguna. Vivo así porque quiero.


Algo me decía que aquel hombre no era un mendigo corriente. Decidí darle conversación ya que la situación prometía.


-Pero yo no te recuerdo así. Algo te habrá pasado.


-Simplemente sigo los pasos del Nomenclátor.


No tardó ni dos segundos en sacar un enmohecido librito con las tapas carcomidas del interior del raído gabán.


-Todo está en este libro, Alberto y tú deberías leerlo.


Estiró su brazo y me lo ofreció. Al principio dudé en aceptarlo. Por un instante me pareció que ya había llevado muy lejos la situación. Pero, ¿Qué daño podría hacerme una ojeada a aquel consumido libro? Lo cogí.


-Con cuidado, Alberto.


El cielo se nubló justo en ese momento. Una nube peregrina había tapado por unos segundos el sol. Aquel fenómeno meteorológico tan corriente me dio mala espina. Se lo devolví sin abrirlo.


-Pero qué haces. Ojéalo, hombre que no muerde.-Me dijo mientras reía suavemente. Volví a tenerlo en mis manos. Las letras de la portada estaban tan desgastadas que no se podían leer. Con sumo cuidado lo abrí por la primera página. Mi sorpresa fue al descubrir que era un manual de mantenimiento de bicicletas editado en los años sesenta. Seguí pasando las páginas en busca de algo extraordinario, pero todo el contenido del libro trataba del mismo tema. Levanté la cabeza y miré a Juan Barboso. Tenía una gran sonrisa en la cara sucia y sus ojos asentían llenos de felicidad.


-¿Has visto?-me dijo convencido.


-Has visto, ¿lo qué?-respondí en un estado inocuo.


-¡Las primeras palabras del Nomenclátor, Alberto!


La verdad es que yo no sabía que decir. Menos mal que apareció el camarero. Siempre lo hace cuando llevas un rato sentado sin consumir nada.


-¿Van a tomar algo los señores?


-Sí. A mí póngame una caña, ¿quieres tomar algo, Juan?


-Un vaso de vino.


-¿Blanco o tinto?


-Tinto, tinto.


Le pedí al camarero amablemente si podía ojear el libro de Juan Barboso.


-A mí déjenme tranquilo que bastante faena tengo.-Y se fue. Invité a Juan a sentarse.


Estuvimos en silencio mientras esperábamos a que nos trajera la bebida. El niño que jugaba con Goyo estaba sentado en el suelo y se frotaba la rodilla. Goyo daba vueltas alrededor suyo señalándolo mientras reía. Se habían caído los dos del tobogán. Su madre no se acercó a auxiliarlo, lo cual quería decir que no tenía nada grave.


-Es que son de goma.-dijo Juan que con el brazo estirado y la palma de la mano hacia arriba señalaba donde estaban los niños. Me giré y lo observé en silencio. Qué tipo tan raro, pensé.


Llegó el camarero con la caña y el vaso de vino en la bandeja. Primero sirvió el vino y no había apoyado la caña en la mesa que Juan ya tenía el vaso vacío.


-Ponme otro.


El camarero me miró y asentí conforme. Dejó la cerveza y nos volvimos a quedar solos.


-¿Aún fumas, Alberto?


-No, hace tiempo que lo dejé.-Nunca había fumado. Entonces se levantó y se dirigió a la mesa donde estaba sentada la pareja que aún no se había ido a dormir. Desde mi mesa no podía escuchar la conversación, pero me sorprendí al ver al joven que se levantó amenazante y lo echó de allí. Juan caminaba marcha atrás y con las manos levantadas a la altura del pecho. Con ese gesto pedía paz al mismo tiempo que repelía la ira del joven. Luego aquellas gafas de sol se dirigieron hacia a mí. El joven alzaba la mano y señalaba a Juan. Lo miré y bajé la vista evitando cualquier problema. Sorbí un poco de cerveza. Cuando levanté la cabeza Juan estaba en la mesa de las señoras mayores. Éstas le dieron tabaco. Cuando Juan volvió a mi mesa las mujeres recogieron sus carritos y se marcharon. Al poco legó el camarero con el ceño fruncido y el segundo vaso de vino.


-Oiga,-se dirigía a mí-controle a su amiguito o se largan de aquí.


Me sentí abochornado. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien me llamó la atención de aquella manera. No sabía que decir. Juan bebió hasta la última gota del vaso de vino.


-Tranquilo, hombre. Ponme otro.-el camarero volvió a mirarme.


-No. Se acabó. No más vino, Juan.


-Lo que tú digas, Alberto.


El camarero se marchó meneando la cabeza. Le di un sorbo a la cerveza. Por un momento Juan estaba quieto y callado. Apoyé con cuidado el vaso en la mesa de metal y eché un vistazo a Goyo. Cuando bajé la vista observé la mano del vagabundo que tomaba disimuladamente mi caña.


-¿Qué haces?


-Dame un trago, Alberto.


-¡Venga hombre!


Aquel tipo estaba acabando con mi paciencia y estuve a punto de levantarme de la silla y echarlo de allí. Pero Juan se levantó antes y ajustándose el sombrero de papel me dijo con un semblante serio:


-Como quieras. Si no quieres saber lo que dice el Nomenclátor es tu problema.


Aquel tipo seguía a la suya. Tenía un manual de mantenimiento de bicicletas y pensaba que era un libro sagrado o algo así. Ahora si que éramos observados por todos los clientes de la terraza. Una mujer del grupito de madres le decía algo a un niño y señalaba hacia nosotros. El camarero nos tenía en el punto de mira. No me quedó más remedio que invitar a sentarse a Juan para calmar la situación.


-Déjame el libro.-Y me lo dio. Lo abrí por una página al azar. Decidí no leer en voz alta, pero si puse cara de interesante mientras leía el apartado de cambio de frenos. Juan tomó lo que quedaba de mi caña y la engulló. Sacó uno de los cigarrillos que le habían dado las mujeres mayores y lo encendió. Notaba como me observaba. Yo quería acabar con aquella situación de la manera menos dramática y mi trabajo me estaba costando. Apareció un grupo de nubes pasajeras que fueron tapando el sol más a menudo, en breves intervalos. Cerré el libro y se lo alcancé a Juan.


-Bueno, Juan, me parece muy interesante, pero no lo acabo de entender.


-Pero, ¿cómo puedes no entenderlo? Ahí se encuentra toda la explicación del funcionamiento del mundo. Vuélvelo a leer, Alberto y verás la luz.


Aquello ya no me parecía divertido y no encontraba la manera de quitarme de encima a aquel mendigo loco. Se me ocurrió llamar a Goyo y así marcharnos los dos. Mi sobrino al principio estuvo un poco reacio a abandonar a su amigo. En realidad todavía era temprano para marcharnos a casa. Goyo no me hacía caso, sólo quería jugar. A mi lado Juan seguía con su retahíla y no paraba de ofrecerme el libro. Yo lo ignoraba y llamaba a Goyo. Por fin al cabo de varios intentos el niño vino hacia a mí. Al levantarme de la silla noté que mis glúteos estaban entumecidos. Me estiré disimuladamente. Juan no paraba de ponerse frente a mí ofreciéndome una y otra vez el Nomenclátor dichoso.


-Déjame ya, Juan.


-Pero Alberto, he hecho un camino muy largo para encontrarte y ofrecerte esta posibilidad.


Goyo ya estaba junto a mí.


-¿Por qué nos vamos, tío Luis?


Juan se calló de repente al escuchar al niño.


-¿Luis?, ¿te llamas Luis?


-Sí, Juan. Me llamo Luis.


Entonces Juan se guardó el libro en el bolsillo y dio unos pasos hacia el parque. Se giró y se quedó mirándome un rato. Estaba serio y no parecía el mismo.


-Perdona Luis. Te he confundido con Alberto.


Y se marchó por el camino que conducía al exterior del parque. Goyo y yo nos quedamos un rato más.



IONKI

Traspaso los días de la forma que puedo. Intento mantenerme al margen. Quiero abandonarla. No acordarme jamás de ella. Aún así sus recuerdos vuelven a golpearme. No hay manera de conseguirlo. Una vez estuve a punto de matarme, de acabar con todo y por fin liberarme de ella. Imposible. Siempre vuelve a llamar. Su sed me resucita. Vuelvo de nuevo a caminar vacilante al borde del precipicio. Pasar otra vez de la vida a la muerte en cuestión de horas. Quizás es eso. A lo mejor es cierto, pero el tropiezo sólo me destruye a mí. De nuevo la noche tarda casi un año en hacerse día. La tierra ralentizada. La gente también. Yo cayendo a una velocidad de vértigo sin apoyo. Más suerte al llegar el día. Todo se acelera y mantiene la misma presteza que mi paso. Esta mañana es igual que todas, pero yo no. Mis hojas están caducas y se niegan a caer, quieren morir en mí. Yo se que moriré si consigo expulsarla de mi interior. Por eso me aferro a la vida y me vuelvo a consumir. El tiempo se difumina entremezclándose en colores que diferencian la claridad de la funesta sombra. Me derrito y vuelvo a formarme para volver a derretirme. Ya no tengo fuerza, hace mucho que no la tengo. Soy como una máquina cubierta de piel y venas perforadas que respira sin saberlo. Hay alguien a mi lado como yo. O por lo menos eso supongo. Somos tantos… Mientras el calor me protege acaricio mi cuerpo o lo que queda de él. Ella me lo ha arrebatado. Aún así mi renuncia queda muy lejos. El calor corre dentro de mí. Hace tiempo que soy un reflejo de mí mismo carente de personalidad. Siempre me arrastro y de vez en cuando me levanto para caer y volverme a arrastrar. Creo que me comprendéis, aún así estáis lejos de hacerlo. Estoy enfermo, pero de placer. A menudo tengo frío y consigo como sea el calor. Vuelvo a cabalgar entre sus brazos huyendo de esta ruina que rodea mi vida. Soy un ciego en el país de los tuertos. Todo me da igual porque ya no soy un ser humano. Pertenezco a otra especie, una que lucha por sobrevivir de una manera más real, necesaria. Ya no me preocupa el bien material. No lo necesito. Cumplo con mi obligación a diario y le rindo mi tributo al calor. No importa quien eres, simplemente dame lo que tienes. Me temes y me das tu reloj y la cartera. Dejo de apuntarte con la aguja infectada del virus de la muerte. Yo ya estoy muerto, por si no lo sabías. No tengo nada que perder. En cambio, tú sí. Huye y díselo a los demás. Así me ahorrarás el trabajo. Hay gente que escucha lo que le dicen. A mí me hablas y no te escucho. No puedo. Soy un animal irracional y no puedes esperar nada de mí. A veces viene alguien que dice que me va a salvar, pero estoy perdido. Antes era tierra de cultivo, ahora un lodazal cubierto de salitre. No pierdas el tiempo. Si quieres ayudarme consígueme el calor y haz que nunca vuelva a pasar frío. Pero me dice que el frío es necesario. Ya no nos entendemos. Me vuelvo a encerrar en mi interior y corro todos los cerrojos. Llamas a mi puerta, pero aunque te dejes los puños aporreándola no te abriré. He conseguido ahondar tanto en mi interior que a veces no puedo encontrar el camino de regreso. Así me paso semanas perdido. Luego, un segundo de lucidez. Me horrorizo. Después, calor. Casi a diario pienso que ya estoy muerto, que por fin todo a terminado. Entonces el frío se apodera de mí. Me doy cuenta que todo es una rutina. Que siempre necesitas algo. Yo tengo este problema, pero se puede diversificar en los demás. Adictivos. Da igual a qué. En el fondo no me siento tan dispar. Por lo menos yo no me escondo.
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