NOMENCLÁTOR


Aquella tarde acompañé a mi sobrino al parque a tomar un helado. Para mi hermana era Goyito, pero yo le llamaba Goyo y a él le gustaba; le hacía sentirse mayor. Disfrutábamos de un tiempo dócil y agradable y nos sentamos en una de las mesas del kiosco esperando a que nos sirvieran. Mi sobrino pidió una copa con tres bolas. Una de sabor a vainilla, otra de chocolate y una de nata. No podía imaginarme dónde iba a meter aquel niño de ocho años tanta cantidad de helado. Para mí pedí un corte de chocolate. Goyo devoraba las bolas mezclando los colores.



-Si sigues comiendo así pronto te harás mayor y tendré que llamarte Gregorio.-Le dije.


-No te preocupes.-No te preocupes repetí en silencio. Exuberante respuesta para un niño, pensé y seguí deleitándome con mi helado sin darle mucha más importancia. Luego Goyo acabó su copa y se marchó con un niño conocido a jugar a los columpios. Desde la terraza lo vigilaba sin necesidad de moverme.


Pájaros, sol, niños; demasiado tranquilo estaba yo. El corte de chocolate había llegado al estado en el que están a punto de juntarse las dos galletas. En el que tan sólo están separadas por una fina beta de helado. Al pasar la lengua por el filo de la humedecida galleta tuve la sensación de como si me la cortara. Observé con atención a lo lejos y allí estaba Goyo con su amigo. Una ligera brisa reconfortaba el ánimo de los que estábamos sentados a la sombra de los eucaliptos en la terraza del kiosco. En una de las mesas se sentó un grupito de madres. Charlaban entre ellas mientras los niños jugaban liberados por el parque. En otras, observé a una pareja de adolescentes con el rostro cubierto con unas gafas de sol y con síntomas de no haber dormido en toda la noche, un par de ciclistas que pararon a tomar un café, dos mujeres mayores que portaban un carrito de la compra cada una y que fumaban sin tragarse el humo mientras tomaban un vermú y un vagabundo que permanecía de pie a mi lado y no dejaba de mirarme. Al principio me sentí incómodo, pero poco a poco me fui acostumbrando. Hasta tal punto que lo miré un par de veces; fugaces, pero directas.


Era un hombre que rondaba los cuarenta, como yo. Llevaba el pelo largo, desaliñado y sucio. Igual que la barba. Olía mal. Su ropa también y su cabeza estaba guarnecida por un estrafalario sombrero de papel. Me había familiarizado tanto a su presencia que una de las veces que lo miré, de manera transitoria, le sonreí. Él continuaba derecho junto a mí. Me observaba en silencio y aquella cara transfigurada por la ruindad parecía no gesticular y no me devolvió amablemente la sonrisa. Lo único que percibí fue una leve inclinación. Escudriñaba mi rostro desde una perspectiva más cercana. Me estaba empezando a poner nervioso tantas miraditas. Esperé a que el dueño del kiosco lo echara de allí por importunar a los clientes, pero allí no aparecía nadie. Incluso la gente de las otras mesas parecía ignorarnos. Miré hacia los columpios para controlar a Goyo que seguía a lo suyo la mar de contento y después miré fijamente al mendigo.


-¿Le sucede algo?


El mendigo continuó observándome en silencio y estuve a punto de estallar de ira si no fuera porque, por fin, abrió la boca.


-Pero, Alberto, ¿no te acuerdas de mí?


Por unos instantes mi mente quedó en blanco. Se suponía que debía conocerle. Lo miré, esta vez seriamente, intentando buscar algo familiar en aquel rostro.


-Pues no, amigo. No tengo ni idea de quien eres, ¿pero, me conoces?


-Joder, Alberto. De toda la vida.


Estaba desconcertado y decidí seguirle el hilo.


-Es que no te reconozco.


-No te hagas el loco, Alberto.


-No, no. En serio. No se quien eres.


-Mírame bien. Quizás sea por la ropa por lo que no me reconozcas.


-¿Por la ropa?


-Sí señor. - Y me mostró con las manos los harapos con los que vestía como si hiciera una presentación de algo digno de ver. Después de aquello me dieron ganas de levantarme y hacer unos pasos a la ballonné compose para corresponder a tan extraña situación. Pero me contuve y como tampoco soy un virtuoso del ballet, me dirigí a él con toda la claridad con la que me pude expresar.


-Oye, ¿quién coño eres?


Me miró extrañado al escuchar el tono de mi pregunta.


-No seas mal hablado, Alberto. Soy Juan. Juan Barboso.


-¡Ah, hombre, Juan! Cuánto tiempo.-Al final decidí fingir que lo conocía y él sonrió al comprobar que lo había reconocido.


-Ya me estabas haciendo dudar. Pensaba “a ver si no va a ser Alberto…” Te imaginas, vaya corte me hubiera llevado.- Y rió. Yo lo imité. Pensé que si seguía aquel paripé él se marcharía. A lo lejos observé a Goyo que se acercaba corriendo hacia nosotros. Juan Barboso se percató.


-¿Es tú hijo?


-No. Es mi sobrino.


Goyo nos alcanzó y no sin disimulo contempló al vagabundo. Luego se giró hacia a mí.


-Tengo sed.-Saqué un euro y se lo dí al niño para que fuera a buscar un botellín de agua al kiosco.- ¿Quién es?-me preguntó.


-Un amigo mío.


-¡Que guay!-Y salió corriendo en busca del agua.


Juan Barboso y yo volvimos a quedarnos a solas.


-Y dime, Juan, ¿Qué situación te ha llevado a este extremo?


-Ninguna.


-¿Cómo?


-Ninguna. Vivo así porque quiero.


Algo me decía que aquel hombre no era un mendigo corriente. Decidí darle conversación ya que la situación prometía.


-Pero yo no te recuerdo así. Algo te habrá pasado.


-Simplemente sigo los pasos del Nomenclátor.


No tardó ni dos segundos en sacar un enmohecido librito con las tapas carcomidas del interior del raído gabán.


-Todo está en este libro, Alberto y tú deberías leerlo.


Estiró su brazo y me lo ofreció. Al principio dudé en aceptarlo. Por un instante me pareció que ya había llevado muy lejos la situación. Pero, ¿Qué daño podría hacerme una ojeada a aquel consumido libro? Lo cogí.


-Con cuidado, Alberto.


El cielo se nubló justo en ese momento. Una nube peregrina había tapado por unos segundos el sol. Aquel fenómeno meteorológico tan corriente me dio mala espina. Se lo devolví sin abrirlo.


-Pero qué haces. Ojéalo, hombre que no muerde.-Me dijo mientras reía suavemente. Volví a tenerlo en mis manos. Las letras de la portada estaban tan desgastadas que no se podían leer. Con sumo cuidado lo abrí por la primera página. Mi sorpresa fue al descubrir que era un manual de mantenimiento de bicicletas editado en los años sesenta. Seguí pasando las páginas en busca de algo extraordinario, pero todo el contenido del libro trataba del mismo tema. Levanté la cabeza y miré a Juan Barboso. Tenía una gran sonrisa en la cara sucia y sus ojos asentían llenos de felicidad.


-¿Has visto?-me dijo convencido.


-Has visto, ¿lo qué?-respondí en un estado inocuo.


-¡Las primeras palabras del Nomenclátor, Alberto!


La verdad es que yo no sabía que decir. Menos mal que apareció el camarero. Siempre lo hace cuando llevas un rato sentado sin consumir nada.


-¿Van a tomar algo los señores?


-Sí. A mí póngame una caña, ¿quieres tomar algo, Juan?


-Un vaso de vino.


-¿Blanco o tinto?


-Tinto, tinto.


Le pedí al camarero amablemente si podía ojear el libro de Juan Barboso.


-A mí déjenme tranquilo que bastante faena tengo.-Y se fue. Invité a Juan a sentarse.


Estuvimos en silencio mientras esperábamos a que nos trajera la bebida. El niño que jugaba con Goyo estaba sentado en el suelo y se frotaba la rodilla. Goyo daba vueltas alrededor suyo señalándolo mientras reía. Se habían caído los dos del tobogán. Su madre no se acercó a auxiliarlo, lo cual quería decir que no tenía nada grave.


-Es que son de goma.-dijo Juan que con el brazo estirado y la palma de la mano hacia arriba señalaba donde estaban los niños. Me giré y lo observé en silencio. Qué tipo tan raro, pensé.


Llegó el camarero con la caña y el vaso de vino en la bandeja. Primero sirvió el vino y no había apoyado la caña en la mesa que Juan ya tenía el vaso vacío.


-Ponme otro.


El camarero me miró y asentí conforme. Dejó la cerveza y nos volvimos a quedar solos.


-¿Aún fumas, Alberto?


-No, hace tiempo que lo dejé.-Nunca había fumado. Entonces se levantó y se dirigió a la mesa donde estaba sentada la pareja que aún no se había ido a dormir. Desde mi mesa no podía escuchar la conversación, pero me sorprendí al ver al joven que se levantó amenazante y lo echó de allí. Juan caminaba marcha atrás y con las manos levantadas a la altura del pecho. Con ese gesto pedía paz al mismo tiempo que repelía la ira del joven. Luego aquellas gafas de sol se dirigieron hacia a mí. El joven alzaba la mano y señalaba a Juan. Lo miré y bajé la vista evitando cualquier problema. Sorbí un poco de cerveza. Cuando levanté la cabeza Juan estaba en la mesa de las señoras mayores. Éstas le dieron tabaco. Cuando Juan volvió a mi mesa las mujeres recogieron sus carritos y se marcharon. Al poco legó el camarero con el ceño fruncido y el segundo vaso de vino.


-Oiga,-se dirigía a mí-controle a su amiguito o se largan de aquí.


Me sentí abochornado. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien me llamó la atención de aquella manera. No sabía que decir. Juan bebió hasta la última gota del vaso de vino.


-Tranquilo, hombre. Ponme otro.-el camarero volvió a mirarme.


-No. Se acabó. No más vino, Juan.


-Lo que tú digas, Alberto.


El camarero se marchó meneando la cabeza. Le di un sorbo a la cerveza. Por un momento Juan estaba quieto y callado. Apoyé con cuidado el vaso en la mesa de metal y eché un vistazo a Goyo. Cuando bajé la vista observé la mano del vagabundo que tomaba disimuladamente mi caña.


-¿Qué haces?


-Dame un trago, Alberto.


-¡Venga hombre!


Aquel tipo estaba acabando con mi paciencia y estuve a punto de levantarme de la silla y echarlo de allí. Pero Juan se levantó antes y ajustándose el sombrero de papel me dijo con un semblante serio:


-Como quieras. Si no quieres saber lo que dice el Nomenclátor es tu problema.


Aquel tipo seguía a la suya. Tenía un manual de mantenimiento de bicicletas y pensaba que era un libro sagrado o algo así. Ahora si que éramos observados por todos los clientes de la terraza. Una mujer del grupito de madres le decía algo a un niño y señalaba hacia nosotros. El camarero nos tenía en el punto de mira. No me quedó más remedio que invitar a sentarse a Juan para calmar la situación.


-Déjame el libro.-Y me lo dio. Lo abrí por una página al azar. Decidí no leer en voz alta, pero si puse cara de interesante mientras leía el apartado de cambio de frenos. Juan tomó lo que quedaba de mi caña y la engulló. Sacó uno de los cigarrillos que le habían dado las mujeres mayores y lo encendió. Notaba como me observaba. Yo quería acabar con aquella situación de la manera menos dramática y mi trabajo me estaba costando. Apareció un grupo de nubes pasajeras que fueron tapando el sol más a menudo, en breves intervalos. Cerré el libro y se lo alcancé a Juan.


-Bueno, Juan, me parece muy interesante, pero no lo acabo de entender.


-Pero, ¿cómo puedes no entenderlo? Ahí se encuentra toda la explicación del funcionamiento del mundo. Vuélvelo a leer, Alberto y verás la luz.


Aquello ya no me parecía divertido y no encontraba la manera de quitarme de encima a aquel mendigo loco. Se me ocurrió llamar a Goyo y así marcharnos los dos. Mi sobrino al principio estuvo un poco reacio a abandonar a su amigo. En realidad todavía era temprano para marcharnos a casa. Goyo no me hacía caso, sólo quería jugar. A mi lado Juan seguía con su retahíla y no paraba de ofrecerme el libro. Yo lo ignoraba y llamaba a Goyo. Por fin al cabo de varios intentos el niño vino hacia a mí. Al levantarme de la silla noté que mis glúteos estaban entumecidos. Me estiré disimuladamente. Juan no paraba de ponerse frente a mí ofreciéndome una y otra vez el Nomenclátor dichoso.


-Déjame ya, Juan.


-Pero Alberto, he hecho un camino muy largo para encontrarte y ofrecerte esta posibilidad.


Goyo ya estaba junto a mí.


-¿Por qué nos vamos, tío Luis?


Juan se calló de repente al escuchar al niño.


-¿Luis?, ¿te llamas Luis?


-Sí, Juan. Me llamo Luis.


Entonces Juan se guardó el libro en el bolsillo y dio unos pasos hacia el parque. Se giró y se quedó mirándome un rato. Estaba serio y no parecía el mismo.


-Perdona Luis. Te he confundido con Alberto.


Y se marchó por el camino que conducía al exterior del parque. Goyo y yo nos quedamos un rato más.



IONKI

Traspaso los días de la forma que puedo. Intento mantenerme al margen. Quiero abandonarla. No acordarme jamás de ella. Aún así sus recuerdos vuelven a golpearme. No hay manera de conseguirlo. Una vez estuve a punto de matarme, de acabar con todo y por fin liberarme de ella. Imposible. Siempre vuelve a llamar. Su sed me resucita. Vuelvo de nuevo a caminar vacilante al borde del precipicio. Pasar otra vez de la vida a la muerte en cuestión de horas. Quizás es eso. A lo mejor es cierto, pero el tropiezo sólo me destruye a mí. De nuevo la noche tarda casi un año en hacerse día. La tierra ralentizada. La gente también. Yo cayendo a una velocidad de vértigo sin apoyo. Más suerte al llegar el día. Todo se acelera y mantiene la misma presteza que mi paso. Esta mañana es igual que todas, pero yo no. Mis hojas están caducas y se niegan a caer, quieren morir en mí. Yo se que moriré si consigo expulsarla de mi interior. Por eso me aferro a la vida y me vuelvo a consumir. El tiempo se difumina entremezclándose en colores que diferencian la claridad de la funesta sombra. Me derrito y vuelvo a formarme para volver a derretirme. Ya no tengo fuerza, hace mucho que no la tengo. Soy como una máquina cubierta de piel y venas perforadas que respira sin saberlo. Hay alguien a mi lado como yo. O por lo menos eso supongo. Somos tantos… Mientras el calor me protege acaricio mi cuerpo o lo que queda de él. Ella me lo ha arrebatado. Aún así mi renuncia queda muy lejos. El calor corre dentro de mí. Hace tiempo que soy un reflejo de mí mismo carente de personalidad. Siempre me arrastro y de vez en cuando me levanto para caer y volverme a arrastrar. Creo que me comprendéis, aún así estáis lejos de hacerlo. Estoy enfermo, pero de placer. A menudo tengo frío y consigo como sea el calor. Vuelvo a cabalgar entre sus brazos huyendo de esta ruina que rodea mi vida. Soy un ciego en el país de los tuertos. Todo me da igual porque ya no soy un ser humano. Pertenezco a otra especie, una que lucha por sobrevivir de una manera más real, necesaria. Ya no me preocupa el bien material. No lo necesito. Cumplo con mi obligación a diario y le rindo mi tributo al calor. No importa quien eres, simplemente dame lo que tienes. Me temes y me das tu reloj y la cartera. Dejo de apuntarte con la aguja infectada del virus de la muerte. Yo ya estoy muerto, por si no lo sabías. No tengo nada que perder. En cambio, tú sí. Huye y díselo a los demás. Así me ahorrarás el trabajo. Hay gente que escucha lo que le dicen. A mí me hablas y no te escucho. No puedo. Soy un animal irracional y no puedes esperar nada de mí. A veces viene alguien que dice que me va a salvar, pero estoy perdido. Antes era tierra de cultivo, ahora un lodazal cubierto de salitre. No pierdas el tiempo. Si quieres ayudarme consígueme el calor y haz que nunca vuelva a pasar frío. Pero me dice que el frío es necesario. Ya no nos entendemos. Me vuelvo a encerrar en mi interior y corro todos los cerrojos. Llamas a mi puerta, pero aunque te dejes los puños aporreándola no te abriré. He conseguido ahondar tanto en mi interior que a veces no puedo encontrar el camino de regreso. Así me paso semanas perdido. Luego, un segundo de lucidez. Me horrorizo. Después, calor. Casi a diario pienso que ya estoy muerto, que por fin todo a terminado. Entonces el frío se apodera de mí. Me doy cuenta que todo es una rutina. Que siempre necesitas algo. Yo tengo este problema, pero se puede diversificar en los demás. Adictivos. Da igual a qué. En el fondo no me siento tan dispar. Por lo menos yo no me escondo.

TINTA EN LA PIEL




Por fin se decidió. Al salir del restaurante chino se dirigió al taller de tatuaje envalentonado por los vapores del licor de flores. La calle estaba repleta de personas disfrutando del bullicio del sábado por la noche. En aquella parte de la ciudad se combinaban gentes de variada condición. Rosalindo había salido a cenar solo. Hacía tiempo que le rondaba la idea de tatuarse el antebrazo, pero en el último momento siempre se echaba atrás. Aquel llamativo anuncio colgado en la pared del restaurante le había inspirado. En el cartel aparecía un brazo musculoso en el que se exhibía una carpa dorada magistralmente tatuada.


Se introdujo por unos laberínticos callejones y encontró sin problemas el taller. Era un cuarto pequeño cubierto de fotografías de cuerpos tatuados. Observó el interior antes de entrar. No había nadie en la camilla y una televisión emitía imágenes con interferencias desde un rincón. Rosalindo estuvo a punto de marcharse. Se miró el antebrazo poco velludo, pero moreno por las caricias del sol estival.


La puerta se abrió. En el interior le esperaba el tatuador. Era un hombre de mediana edad, calvo y con una poblada barba. En cada rincón de su piel exhibía tinta dando forma a diversos dibujos. A Rosalindo le llamó la atención un tercer ojo en su frente. Estaba tan bien hecho que parecía real. El hombre le invitó amablemente a pasar, pero cuando Rosalindo posó sus pies en el interior del taller éste le increpó:


-Vas borracho, muchacho.


-Tampoco tanto. Me hacía falta valor para entrar aquí.


-Pues vuelve mañana. No quiero tatuar a nadie que luego se tenga que arrepentir.


-No, no. Estoy muy seguro. De verdad.


El hombre observó con atención a Rosalindo. Parecía que decía la verdad, aún así se mostró reacio a tatuarlo. Rosalindo protestó, pero cuando iba a comenzar a discutir se dio cuenta de su estado y se marchó pidiendo perdón al hombre.


Volvió hacia la zona principal. Al pasar por un estrecho y oscuro callejón un hombre oriental, extremadamente delgado y vestido con una túnica de seda de color púrpura, lo llamó desde un portal.


-Muchacho.


Rosalindo dirigió su vista hacia la oscuridad. Allí estaba aquel esqueleto viviente que le indicaba con el índice que fuera hacia él.


-No he podido evitar escuchar la conversación con el tatuador, pero has de saber que yo también lo soy. Mira.


El oriental se levanto la túnica y dejó entrever unos espectaculares dibujos de unos dragones entrelazándose entre ellos. Eran de una belleza exquisita. Después se arremangó y le enseñó el escuálido brazo. Había en él un precioso dibujo mural de una aldea china con todo lujo de detalles. Rosalindo no daba crédito ante tanta perfección de los tatuajes. El oriental exhibió un gesto que Rosalindo interpretó como una sonrisa.


-¿Te gustan? Si quieres puedo hacerte uno.


-Son preciosos.


-Ahí dentro tengo el estudio, ¿quieres entrar?


Rosalindo dudó un momento, pero aquellas genialidades en el cuerpo del oriental lo empujaron al estudio de tatuaje.


Una vez dentro el oriental acomodó a Rosalindo en un confortable sillón. Puso enfrente una mesita baja con ruedas. Le mostró los catálogos de diferentes estilos.


-Había pensado en tatuarme una mujer.


-¿Una mujer?, estupendo. Alguien conocido o quieres que te enseñe el muestrario de bellezas.


-No. No será ninguna mujer conocida. De hecho no conozco ninguna como para tatuármela. ¿Tiene de esas diablillas con cuerpos esculturales?


-Ahora mismo voy a por ellas. No te defraudará lo precioso de su estilo. Hay algunas que parecen reales, como si fueran a salirse de la piel.


-Creo que exagera, pero muéstremelas.


El oriental apareció con un gran tomo de dibujos de diablillas. No había ninguna que no superara la belleza de la otra. Todas tenían una característica en común: una espesa melena de color negro y un flequillo recortado recto. Así se podía mostrar en plenitud la hermosura del rostro. Unos tímidos cuernos despuntaban entre la poblada cabellera sin desentonar con el símil femenino. Rosalindo ojeaba con atención cada dibujo. Sabía que el elegido le acompañaría toda la vida. El oriental lo observaba a su lado con las manos entrecruzadas y un gesto complaciente en el rostro.


-Me gusta ésta.


Rosalindo no se equivocó en la elección. Optó por una bella diablilla con un cuerpo de infarto, una mirada picarona y estirada en un diván. Mantenía una pose como las leonas que esperan el cortejo del rey de la selva. Las puntas de los cuernos ni se apreciaban cubiertos por su sedoso cabello. Poseía una sonrisa dulce y misteriosa como la Gioconda de Leonardo.


-Buena elección, si señor. Es una mujer muy bella.


-¿Cuánto tardará en tatuármela?


-En un par de horas estará completa. Incluyendo color y sombras.


-¿Y el precio?


-Mejor decidirlo al finalizar el trabajo, ¿no le parece?-El oriental volvió a obsequiarle con una afable sonrisa y Rosalindo observó un brillo en el interior de las pupilas casi inapreciables por lo rasgado de sus párpados.


Mientras lo invitaba a acomodarse en el sillón le ofreció algo para beber. Rosalindo aceptó. El oriental se ausentó brevemente de la estancia que estaba poco iluminada. Una única lámpara de pie regaba con su bombilla el pequeño cuarto centrando todo el foco de iluminación sobre el sillón. Fuera de ese radio de luz Rosalindo no pudo distinguir nada en una oscuridad gris y desgastada. Se sentó y ojeó el dibujo de la diablilla. Le gustaba mucho. Cubrió el antebrazo con el dibujo imaginando el resultado final. Bromeó lanzándole un beso a la chica y se sorprendió al creer que ésta se lo devolvía.


El oriental entró en la habitación portando un vaso pequeño con un líquido ambarino en el interior. Se lo ofreció a Rosalindo que lo miraba con suspicacia. Aún así lo tomó y se lo llevo a la boca. A mitad de camino paró.


-Gracias, ¿qué es?


-Güisqui.


-Ah.


Y se lo bebió de un trago. Al poco notó como le ardía la laringe y el estómago; su espíritu se fortaleció. El oriental le retiró el vaso.


-¿Estás listo?


-Sí, creo que sí. Pero antes quisiera acordar el precio.


-Pongamos cien euros de salida.


-De acuerdo. Cien euros.


El oriental preparó la máquina, la boquilla y la aguja. Ordenó las tintas con parsimonia. Parecía parte de un ritual ancestral. Después limpió el brazo de Rosalindo con alcohol. Cuando estuvo listo miró sonriente a su cliente. Rosalindo le devolvió la sonrisa. Entonces el oriental le dio un golpe seco en el cuello con su mano rígida. Rosalindo quedó inconsciente. El oriental lo miró serio, amenazante con el rostro fijo igual que el de una serpiente que observa la reacción de su presa después de ser atacada. Cuando confirmó que Rosalindo estaba completamente noqueado susurró en su oreja.


-Relájate. Esto va a comenzar.


Un hilillo de saliva corría ya por la barbilla de Rosalindo.






Al cabo de unas horas la oscuridad se convirtió en penumbra. Los rayos del sol se colaban por entre las grietas de unas maderas clavadas en la ventana. Fue suficiente para que Rosalindo se despertase. Al levantarse del sillón se golpeó en la coronilla con la lámpara de pie, ahora apagada. Esto agudizó más el dolor de cabeza. Tenía la boca pastosa y los ojos vidriosos. Aún no era consciente de dónde se encontraba. Descubrió la puerta y la abrió. Ahora tenía más luz. Reconoció el revestimiento aterciopelado de color rojo de la pared del pasillo y se acordó del oriental. Continuó hasta la salida y cuando estuvo en la calle, a plena luz del día, lanzó una mirada impaciente a su antebrazo. Allí estaba la diablilla con su pose provocativa. Rosalindo se admiró del buen trabajo que decoraba su brazo. Incluso en el diván dónde estaba recostada se podían apreciar los más ínfimos detalles. Levantó la cabeza y miró hacia un lado y después hacia otro. No había nadie en la calle y la casa del oriental parecía abandonada a plena luz del día. Decidió regresar a casa. Por el camino de vuelta pasó por delante del taller de tatuaje. Se miró de nuevo el antebrazo. Asomó la vista por el cristal de la puerta y vio allí al hombre calvo de la poblada barba y un tercer ojo tatuado en la frente. Rosalindo empujó la puerta y entró.


-Ves.-le enseñaba reiteradamente el antebrazo.-No me arrepiento.


El hombre en un principio no se acordaba de él y no sabía de qué iba la historia. Entonces lo recordó. Tomó el brazo de Rosalindo para observar el tatuaje. Lentamente levantó la cabeza y clavo la mirada en los ojos del joven. Hubo un breve silencio. Al final el hombre dejó caer el brazo y sin apartar la mirada le dijo:


-Te arrepentirás.


Rosalindo abandonó apabullado el taller y buscó el camino para llegar a la avenida principal. Sentía un malestar intenso en el cuerpo y a ratos se sentía embriagado. Necesitaba llegar a casa. Caminaba lo más veloz que sus piernas entumecidas le permitían. El sol estaba en todo lo alto. Las aceras y el asfalto estaban a punto hervir. Rosalindo echó de menos sus gafas de sol.


Llegó a casa y se tumbó en la cama. Enseguida se quedó dormido. Por la tarde se despertó. Eran casi las nueve y el sol ya fregaba el horizonte buscando su escondrijo para descansar. Rosalindo se sentó en la taza del váter y se masajeo las sienes. Se sobresaltó al ver el tatuaje y empezó a recordar lo sucedido. Su sorpresa fue que al registrar la cartera no faltaba ni un euro. El oriental no le robó ni tampoco le cobró lo acordado. Volvió a mirar detenidamente el tatuaje y le pareció hermoso, una obra de arte. Se duchó y salió a cenar algo.


Iba caminando por la calle cuando de repente empezó a picarle el brazo. Al principio fue un hormigueo leve. Al poco se convirtió en un escozor insoportable. Al final se internó en un callejón retorciéndose de dolor. Del brazo empezó a salir una pequeña columna de humo negro cómo la que forman los cigarrillos, pero cada vez era más intensa. Tanto que un curioso se acercó al callejón con intención de sofocar un incendio, pero cuándo vio que el humo salía del brazo de Rosalindo se dio a la fuga. El humo se apropió del callejón y Rosalindo permanecía tendido en el suelo retorciéndose de dolor mientras mantenía el brazo estirado. Cuando pensaba que iba a morir el dolor desapareció. El humo también, poco a poco. Rosalindo se levantó extrañado. Cuando el humo se disipó del todo pudo verla en todo su esplendor. Frente a él estaba la diablilla. Parecía de carne y hueso, aunque la oscuridad del callejón hacía dudar a Rosalindo que estaba petrificado ante aquella visión. La diablilla se fue acercando hacia él contorneando las caderas de tal manera que hubiera vuelto loco a cualquier hombre. Mientras se acercaba, Rosalindo notó una leve protuberancia en su pantalón. Y no era para menos. Aquella mujer despertaba el deseo incluso a los muertos. La diablilla se paró frente a él y lo abrazo del cuello entrelazando sus manos. Rosalindo pudo notar el candor de sus pechos. Tenía aquella boca sensual delante de él. La diablilla le sonrió.


-Hola, guapo. Llévame de marcha.


Rosalindo no salía de su asombro.


-¿Quién, quién eres?


-Me llamo Mabelina. Soy tu tatuaje.


No cabía duda. Era exactamente igual. Mabelina lo soltó y agarrándolo de la mano lo sacó del callejón.


-Venga, cariño. Vamos a tomarnos algo para celebrarlo.


Y Rosalindo se dejó arrastrar por ella.


Entraron en un bar bastante concurrido. La mayoría de los hombres se giraron a contemplar a la espectacular Mabelina que sólo vestía con una especie de bikini de cuero negro. Rosalindo hacía caso omiso de las provocadoras miradas que se cernían sobre la diablilla y encontró un sitio en la barra para los dos. El camarero no tardó en aparecer.


-Para mí un bocadillo de lomo y una cerveza, y para la señorita…


-Güisqui, solo, sin hielo.


-¿No quieres comer nada?


-No, cariño.


El camarero se retiró haciendo un esfuerzo enorme para apartar la vista de los pechos de Mabelina.


-Deberías buscar algo de ropa para pasar más desapercibida.


-¿No te gusto así, encanto?


-Claro, pero creo que le gustas a todos.


-No te preocupes. Enseguida me cambio.


-Una cerveza y un güisqui. Enseguida viene el bocadillo.-dijo el camarero.


Madelina apuró la copa de un trago y los ojos le brillaron. De un salto se subió a la barra y empezó a bailar. Rosalindo la agarraba de un tobillo.


-¿Qué haces, estás loca?


Pero todo el bar seguía la danza de Mabelina. El camarero le rellenó el vaso y se lo alcanzó. De nuevo la diablilla lo vació de un trago. Se desató la poca ropa que llevaba en la parte superior del cuerpo dejando en libertad aquellos exuberantes senos. Todos la aclamaban. Parecía una cordera dirigiendo a una manada de lobos. Rosalindo permanecía estupefacto con el bocadillo en la mano. Le dio un bocado, por inercia. Mabelina seguía con aquella danza obscena encima de la barra que llegó a su clímax cuando se desató la parte de abajo. Una ovación de placer general sonó en el interior del bar. El camarero le alcanzó la botella y ella bebió directamente. Mientras ocurría todo aquello Rosalindo se dio cuenta de lo que había ocurrido en su brazo. Sólo quedaban los pinchazos de la pistola de tatuar. La tinta había desaparecido y, ahora, estaba bailando encima de la barra del bar.






Así pasaron unas cuantas semanas. Aunque Mabelina fuera una ser aparecido por arte de magia los gastos de aquellas juergas continuas eran reales. Y Rosalindo no se veía capaz de mantener ese ritmo durante mucho. Había pasado de tener unos pocos ahorros a vivir al día y a veces de prestado. Incluso se podía apreciar un deterioro físico debido al desgaste producido por un ritmo frenético de vida nocturno y tener que ir a trabajar por las mañanas. Mabelina dormía por el día y al caer la noche lo arrastraba por los antros de la ciudad.


Un día Rosalindo llegó al trabajo medio dormido. Se esperaba que cualquier día el jefe lo llamara a la oficina y le dijera que lo despedía por bajo rendimiento. Rosalindo hacía tiempo que no acaba una tarea en el plazo previsto. Era diseñador gráfico y en su mesa se acumulaban las propuestas creativas. Las visitas al encargado de los pagos se hicieron más continuas. Rosalindo nunca había pedido un anticipo en los ocho años que llevaba en la empresa, pero ahora acudía semanalmente en busca de ellos. Aquel día se dirigía como un zombi a ver al cajero cuando se abrió la puerta del despacho del jefe y lo llamó. Rosalindo entró como un cordero se mete en el matadero. Quizás fuera lo mejor. Le diría a Mabelina que ya no aguantaba más. Que se buscara a otro. Se horrorizó al imaginársela enfadada. Los cuernos le crecían y en su boca los dientes parecían colmillos. Pero no aguantaba más y estaba seguro de que iba a perder el empleo.


-Buenos días, Rosalindo.-El jefe era un hombre enérgico, mayor entrado en carnes y con una apreciable calvicie sudorosa. Vestía con traje negro y llevaba un cigarro puro en la boca.


-Buenos días, señor Millán.


-Esta hecho usted una piltrafa.- El jefe lo miró de arriba abajo-Siéntese, quiero hablar con usted.


-Usted dirá.


-Me han dicho que tiene novia, ¿es cierto?


-Bueno, tanto como novia…Mejor decir que es una amiga.


- Mucho mejor. Me han dicho que es muy guapa y muy agraciada.


-No está mal.


-Mire, Rosalindo, sin rodeos. Me gustaría conocerla. Ya sabe que su posición en esta empresa está, digamos, tambaleándose. Creo que sería conveniente para su futuro aquí que me presentara a esa preciosidad.


Rosalindo no daba crédito a la propuesta recibida. Su jefe quería acostarse con Mabelina a cambio de conservarle el empleo.


-Veré lo que puedo hacer.


-Explíquele cual es situación aquí y creo que ella lo entenderá. Por cierto, ¿qué le ha pasado en el brazo?


-¿Qué?-Rosalindo no captó la pregunta a la primera-Ah, un accidente con la plancha.


-Ándese con cuidado, Rosalindo, ándese con cuidado.


Y sin más el jefe lo acompañó a la puerta. Rosalindo no tenía ni idea de cómo explicarle a Mabelina aquella insólita proposición.






-¿Y qué tengo que hacer, tirármelo?


-No sé, Mabelina. Pero si llega el caso…


-Si llega el caso, ¿qué?


-Pues, no sé…


-Joder, Rosalindo.


Ambos estaban en la cama fumando un cigarrillo después de hacer el amor. Empezó a amanecer sin ningún esfuerzo y Mabelina se iba quedando apaciblemente dormida. Rosalindo se había acostumbrado, a la fuerza, a dormir por las tardes; después del trabajo y antes de que se despertase la diablilla. Así que como era sábado y el fin de semana no trabajaba aprovechó para realizar una visita que hacía tiempo tenía programada ejecutar.


Asomó la cabeza al interior del taller. Aún siendo de día el televisor seguía emitiendo interferencias en un rincón. Al principio vaciló en entrar, pero al encontrarse cara a cara con el tatuador calvo, con frondosa barba y un ojo tatuado en el centro de la frente, las dudas se disiparon.


-Me arrepiento.


-Ya te lo dije.


-Necesito ayuda.


-Y a mí, ¿qué me cuentas?


El hombre desapareció un momento por una puerta del interior. Al poco apareció con dos tazas de café.


-¿Un cafelito?


-Hombre, pues sí.


El hombre apoyó las dos tazas en una mesita. Se postró delante de la televisión y le dio un golpe seco. El aparato dejó de hacer interferencias y empezó a sonar la radio. Tertulia matutina para oír y no escuchar.


-¿Quién te lo hizo?


-Un oriental. Dijo que me vio salir de aquí y se ofreció a hacerme un tatuaje.


-Pues, es a ése al que le tienes que pedir ayuda.


Hubo un silencio intenso roto por el sonido ininteligible de la radio.


-No tengo ni idea dónde encontrarlo. Antes de venir aquí pasé por la casa, pero parece estar abandonada. Al menos no había nadie.


-No es de extrañar. Ésta gente trabaja así.


-Pero, ¿qué era, un brujo o algo así?


-Pues, seguramente.


-¿Y no hay manera de deshacer este entuerto?


-Sólo una, que yo sepa.


El tatuador calvo de la barba frondosa y un tercer ojo tatuado en la frente le explicó lo que tenía que hacer para liberarse de Mabelina. Era una medida drástica, pero infalible. Rosalindo en el fondo estaba desesperado. Aunque últimamente había hecho el amor más veces que en toda su vida y había conocido el placer extremo estaba decidido a acabar con todo aquello de la manera que fuera. Por eso no se sorprendió cuando el hombre le desveló la forma. Rosalindo tenía que cortarse el brazo a la altura del codo. Tenía que separar de él cualquier parte de su cuerpo en la que hubiera tinta. Después debía dejar el brazo junto a Mabelina mientras ésta dormía. Así cuando se despertara ella sólo reconocería el brazo y se olvidaría de Rosalindo.


-A ver si luego no va a funcionar.


-Que sí, hombre, que sí. No seas tan desconfiado.


-¿Ha hecho esto alguna vez?


-¿Lo de cortar el brazo?, sí, pero por otros motivos.


-Bueno, entonces ya estoy más tranquilo.


Rosalindo regresó a su casa a paso rápido. En una bolsa llevaba su brazo empaquetado. Hacía calor y un par de moscas le acompañaron todo el trayecto. Aún faltaban unas horas para que Mabelina despertara, pero quería tenerlo todo dispuesto. Varios conocidos lo pararon por el camino para preguntarle por su brazo amputado. Rosalindo no sabía que decir. Simplemente tenía un plan; el de su liberación. Entró en su casa. El desorden y la suciedad eran palpables. Entró sigiloso en la habitación. Allí estaba estirada Mabelina. Era bellísima. A Rosalindo le entraron ganas de hacerle el amor, pero se contuvo. Desempaquetó el brazo todavía caliente y con sumo cuidado lo dejo al lado de la diablilla. Se sentó en una butaca. Desde aquel rincón de la habitación observaría la primera reacción de Mabelina cuando se topara con el brazo. Al poco el sol desapareció y Mabelina empezó a desperezarse. Cuál fue la sorpresa de Rosalindo cuando la diablilla agarró el brazo y sin más salió a la calle seguramente buscando un trago. La siguió. Por un momento pensó que la había perdido, pero al ver un grupo de gente que salía horrorizada corriendo de un bar supuso que estaba allí. Rosalindo se acercó despacio y asomó la cabeza por la puerta del bar. Allí estaba Mabelina. Bebía sola. Tenía una botella de ron y el brazo amputado de encima de la barra.


-¿Qué has hecho, Rosalindo?-le hablaba, pero no lo miraba. A diferencia de otras veces estaba triste. Posiblemente la primera vez que la vio así.


-Lo siento, Mabelina, pero es que ya no podía más.


-¿Y era necesario esto, Rosalindo?-tenía un tono de voz melancólico que lo agravaba aun más con el ron.


-No sé. Me han dicho que sí.


-Te han dicho que sí y, ¿por qué no me preguntaste a mí?- por primera vez miró a los ojos de Rosalindo.-Podría haber regresado a tu brazo y volver cuando tú me lo hubieras pedido. Ahora me has condenado. A medida que tu brazo se vaya pudriendo lo mismo haré yo.


Madelina apuró el vaso para volver a rellenarlo. Rosalindo sintió el deseo de abrazarla.


-Ni se te ocurra.


Aquellos ojos amenazantes nunca los había visto Rosalindo.


-Perdóname. Haremos lo que sea. Guardaremos el brazo en un frigorífico. Lo que sea, Mabelina.


-Olvídalo. Me has condenado a pasearme con este trozo carne hasta que desaparezca. Gracias por todo, Rosalindo. Adiós.


-Adiós, mi amor.


De regreso a casa escuchó una voz. Rosalindo la reconoció, pero del oriental sólo se distinguía la silueta en el fondo del callejón.


-Eh, muchacho, y ahora qué, ¿te tatúo un brazo?


Y Rosalindo rompió a llorar.










LA PLAYA


El invierno regaló un día de calma tras varias semanas de temporal. Gabriel estaba obligado a aprovecharlo. Dejó aparte el chubasquero y las botas de agua, cambiándolos por una chaqueta de paseo y unas zapatillas deportivas. La playa estaba a cuatro kilómetros en línea recta. A veces bajaba hasta ella andando por un sendero o en bicicleta por la carretera, pero aquella mañana no se fiaba del tiempo y lo hizo en coche. Un destartalado Seat Panda de color amarillo. Cuando llegó a la finca no tuvo que parar ante la cerca. Estaba levantada. Aparcó y entró en el almacén repleto de herramientas oxidadas y máquinas averiadas. Todo estaba amontonado entre polvo y telarañas. En uno de los postes de carga estaba clavado un plato con la foto a todo color de John Wayne que sonreía con aquella pose tan peculiar. Entre tanto trasto sólo quedaba hueco para aparcar el coche. En la parte más amplia del almacén se amontonaban, de manera uniforme, unas jaulas para conejos vacías. Hacía años que la herrumbre se cebaba con ellas.



Salió al exterior. Un camino calvo de hierbas atravesaba el naranjal. Todas sus frutas estaban en el suelo esperando a que la tierra se nutriera con ellas. Nadie cuidaba de los naranjos y nadie disfrutaba de sus frutos. El viento de poniente había soplado de manera desbocada días atrás. Las cañas jóvenes no habían resistido la embestida y se entrelazaron entre ellas creando unos escondrijos naturales con forma de cueva. El mar había amontonado la arena horizontalmente y los tubos de hormigón que hacían la función de papelera estaban cubiertos hasta el borde. Duchas, casetas de socorrismo, chiringuitos abandonados permanecían en desnivel o semienterrados. La orilla estaba cubierta con un manto de piedras redondeadas entrechocando mecidas por las olas. La humedad apelmazaba la arena y conseguía una firme capa lisa; frágil a las pisadas y delatora de cualquier huella. Un rastro más fino de piedras marcaba la línea hasta donde habían llegado las olas en el punto álgido del temporal.



Aquella mañana el mar estaba tranquilo. Parecía cansado. Sus olas se adentraban tímidas en la arena y casi parecía dolerle. Era el día perfecto para buscar en la orilla lo que el mar llevaba días expulsando con violencia. Gabriel era la única persona deambulando por la playa. Le llamó la atención un trozo de ladrillo erosionado. Gabriel lo tomó con una mano y observó la transformación causada por las potentes corrientes marinas. Imaginó aquel ladrillo formando parte de una pared. Su pensamiento fue tan lejos que imaginó el ladrillo en la mano cuarteada del albañil que lo colocó, o quizás sólo fuera una parte de escombro lanzado al mar. Al final lo dejó caer en la arena tan húmeda que lo amortiguó sin que dejara huella.



Avanzaba despacio por la orilla, atento, por si descubría algo interesante. Sus pies se hundían y se cansaba. Levantó un momento la vista y vio a dos personas a lo lejos que se dirigían hacia él. Miró hacia el mar y vio una barca que recogía las redes a menos de doscientos metros de la orilla. Pudo observar a tres personas enfrascadas en la labor. El sol brillaba como una luz mate tras las grises nubes. En cualquier momento llovería. Gabriel perfiló la vista y reconoció que las personas que se acercaban eran un hombre y una mujer. Calculó que ambos pasarían de los setenta. Se agachó para recoger una pechina. Sólo recogía las enteras. El color no le importaba, pero sí que no tuvieran ni la más mínima muesca. Incluso cuando las transportaba en la bolsa de plástico tenía cuidado de que no se golpearan entre ellas. También recogía las caracolas. Para estas era menos riguroso y, a no ser que estuvieran muy desgastadas, las recogía todas. En aquella parte del Mediterráneo era muy difícil encontrar un buen trofeo en la arena, pero después de un temporal siempre se puede topar con alguna sorpresa. Gabriel seguía dispuesto a hallarla.



Una suave brisa soplaba arrastrando la humedad hacia la tierra. Gabriel levantó de nuevo la vista y se tranquilizó al observar que los ancianos no buscaban nada en la orilla. Algo extraño notó en la mujer. Ya no le parecía tan mayor. Bajó de nuevo la vista y allí estaba: una inmaculada pelota de golf. La tomó con el pulgar y el índice de su mano derecha y la puso frente a sus ojos. Era impresionante la cantidad de hoyuelos que tenía y todos de la misma dimensión. Gabriel imaginó un pasado factible para aquella bola y continuó la búsqueda portándola en la mano. Confiaba en su suerte para encontrar la gran caracola. Una vez descubierta la limpiaría bien y bajaría a las tiendas de souvenires del puerto para acabar vendiéndola al mejor postor. Después los frutos de un día gris de invierno se los bebería en la taberna al calor de los compadres.



La pareja cada vez estaba más próxima y Gabriel levantaba a menudo la cabeza. Lo que antes le parecía una anciana ahora se había convertido en una hermosa mujer. El anciano la llevaba del brazo. En otras condiciones con un simple buenos días habría valido para no quedar como un maleducado. Pero el esplendor de la mujer causaba en Gabriel una especie de rubor y a punto estuvo de quedarse callado con la mirada fija en la arena de no ser por el anciano que le dirigió un cordial saludo.



-Buenos días.-Gabriel alzó la cabeza e instintivamente se llevó la mano con la bolsa de las pechinas a la espalda. Contestó con un gesto sin abrir la boca. El anciano continuó.-Parece que tras el temporal viene la calma.



-Eso dicen, pero no se pude confiar en este tiempo tan traidor.-Contestó Gabriel.



La mujer seguía la banal conversación con una sonrisa en los labios y no pronunció ninguna palabra.



-¿Cree usted que lloverá?-El anciano era extranjero y para parecer amable quería dar importancia a la opinión de Gabriel. La mujer lo miraba con la misma expresión sonriente y plácida.



-A la noche se lo digo.-Gabriel se rió de su propia broma. El anciano sonrió, aunque sólo por condescendencia, y la mujer no desdibujo aquella bella mueca.



-Adiós.



-Adiós.



Y cada cual siguió su camino. A los pocos metros Gabriel se dio cuenta que en la arena sólo estaban marcadas las huellas del anciano. Se giró y miró a la pareja extrañado.



-¡Eh!



El anciano y la mujer se giraron. Ella parecía un poco más mayor.



-¿Qué pasa, buen hombre?-Preguntó extrañado el anciano.



-Su mujer no deja huella.-Afirmó Gabriel.



-Es porque está muerta. Es un fantasma.-Aclaró con total naturalidad el anciano. La mujer miró a Gabriel con su cara risueña y ladeo un poco la cabeza. Gabriel se quedó pasmado mientras el anciano se despedía meciendo la mano. La pareja reanudó el paseo por la playa. Gabriel se fijó en que la mujer seguía sin dejar huella en la lisa arena apelmazada por la humedad. Cada vez parecía más vieja. Un pato volaba a ras del mar en dirección al sur. Gabriel no daba crédito a lo sucedido, pero en la arena sólo estaban marcadas las pisadas del viejo. Cuando se dio cuenta tenía justo a sus pies una preciosa caracola. Tenía el tamaño de un melón y relucía bañada por las espumeantes olas. Gabriel dejó caer la pelota de golf y desenterró la caracola. La elevó a la altura de sus ojos y sonrió. Lo único que le preocupaba es que en la taberna nadie creería la historia del anciano y el fantasma.



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